11 mar. 2008

A propósito de Lucía



Lucía Andrea Morett, la joven sobreviviente del furtivo ataque del ejército colombiano a la base cladestina de operaciones de las FARC, ubicada en territorio ecuatoriano, se ha convertido en toda una celebridad y, dentro de poco, en una heroína de la lucha por la libertad.

Es terrible, lo sé. Pero así funcionan nuestras estructuras sociales y nuestros medios de comunicación.

Antes la heroína había sido Elvira Arellano, la mujer ilegal que se había refugiado en una iglesia metodista de Chicago, para no ser deportada. Hasta hace poco era Eufrosina Cruz, la mujer indígena que no obstante haber ganado la elección municipal de su natal Santa María Quiegolani, un pequeño poblado del estado sureño de Oaxaca, fue expulsada de la comunidad porque de acuerdo a los “usos y costumbres” las mujeres no podían participar en la política y mucho menos ganar las elecciones.



Elvira Arellano durante sus cinco minutos de fama




Ahora pareciera que es Lucía Andrea Morett quién se perfila a convertirse en la heroína sensación de chicos y grandes, por su osada aventura de ir a convivir con la guerrilla más activa y organizada de toda la región latinoamericana, y compartir con ellos el sueño de construir “otro mundo posible”.


Eufrosina Cruz: una auténtica luchadora política



Talvez estoy proyectando mi lado más reaccionario, misógino y todo lo demás que sea achacable a todos aquellos amargados y resentidos que se empeñan en detener el progreso. Sin embargo, pienso que se trata más bien de un poco de sensatez. Ésa cualidad que hoy en día anda muy escasa.

Esa sensatez me hace pensar en forma tanto más detenida acerca no sólo de Lucía Andrea Morett, que es más bien un aspecto secundario, sino más bien de lo que implica haber encontrado a esa joven en un campamento guerrillero.

Es bien interesante observar como aquellos que abogan por mirar a la sociedad como “mayor de edad”, se empeñen en querer verle la cara de idiota, tratando de argumentar que Lucía andaba en Ecuador haciendo una investigación académica, cuando bien podrían decir la verdad: que la joven universitaria era simpatizante de la guerrilla y decidió tomar parte activa de sus convicciones personales. No hay nada de malo en eso. Al contrario, en esta época en que la rebeldía pasó de ser una actitud, a una moda encabezada por una bola de imbéciles, productos de la mercadotecnia, presentar en los medios la historia de una joven enamorada de sus ideales, es casi conmovedor.


Ahora a esto se le llama ser rebelde. Qué decepcionante

El problema acá es que siendo la guerrilla colombiana una organización más paramilitar que política, ha perdido muchas simpatías entre la comunidad internacional. De ahí quizá la lamentable actuación del gobierno del Presidente Calderón, que no ha prestado la ayuda necesaria para una connacional del Estado mexicano que se encuentra en apuros allende las fronteras.

Y es que del lado del gobierno mexicano se podrá estar o no de acuerdo con las convicciones políticas e ideológicas de esa chica y de los otros mexicanos que presuntamente murieron durante el asalto militar. Sin embargo, tiene la obligación de prestarles la asistencia necesaria y defenderlos frente a posibles acciones legales que el Estado ecuatoriano o colombiano se reserven a emprender.

Por otra parte, al ser una estudiante de la Universidad Nacional Autónoma de México, Lucía Andrea Morett ha desempolvado el viejo debate sobre la formación social de los estudiantes de la UNAM y su relación con su desempeño profesional.

Al respecto cabría decir que se trata de un debate estéril y superado. La calidad académica de la Universidad no está a discusión. Es una institución que conjuga la excelencia académica con la responsabilidad social, y la conciencia crítica de sus estudiantes y egresados.

Lo mismo se desarrollan habilidades para competir en el mercado laboral, que sensibilidad para percibir los problemas sociales y tratar de construir soluciones. Y esto es lo que le otorga el carácter de verdadera universidad a la UNAM, no la cantidad de programas de estudio inscritos en los padrones de excelencia, ni las cuotas o el estrato social de quienes la integramos.

La Universidad es nacional porque apuesta en todo momento por contribuir a solucionar los grandes problemas que aquejan al país. Sus egresados, de la disciplina que sea, además de ser buenos profesionistas, son también ciudadanos preocupados por el acontecer nacional e internacional. Eso es bastante loable y constituye el sello distintivo de quienes estudiamos en la Universidad. Aunque luego se nos quiera estigmatizar con adjetivos tan ramplones y prejuicios igualmente infundados.

En ese sentido entiendo a Lucía Andrea Morett y me solidarizo con ella. Digo, entre los universitarios nos podemos caer mal en el plano disciplinario. Por ejemplo, en lo personal me caen los comunicólogos, los abogangsters, los filósofos pandrosos y los ingenieros civiles; en contraparte me caen bien los economistas y amo a las doctoras de la Facultad de Medicina.

Pero entre todos nosotros –filósofos, médicos, abogados, economistas, politólogos- existe algo similar al espíritu de cuerpo, que hace que nos defendamos colectivamente ante cualquier intento de ataque o denigración a nuestra Universidad.

Juzgar a Lucía Andrea como una subversiva carente de la mínima formación profesional, es un abierto ataque a la Universidad y a los universitarios. Eso no se puede pasar por alto. Aunque se entiende que los sectores de los que proviene esos ataques son precisamente aquellos que quisieran ver desaparecer a la Universidad, sencillamente porque la no entienden y nunca fueron universitarios.



Sencillamente alábenos todos los mortales.
Los universitarios somo la neta del planeta.




Y bueno, como buen unamita, también tengo mis deslices izquierdosos. Así que mejor hasta aquí llego. No sea que termine escribiendo un panfleto subversivo que concluya con el clásico “hasta la victoria siempre”…

… por cierto, el Ché siempre me cayó mal. Qué contradictorio, no.



P.S El fin de semana estuvo muy estresante para mí. Me invitaron a participar en una mesa de análisis con un nombre más largo que las intervenciones de quienes presentamos nuestras ponencias: “El Fin Amors y la cuestión sentimental en el contexto de la modernidad líquida”. Fue en Poza Rica, Veracruz.

El viaje fue toda una aventura. Todo el tiempo tuve el alma en vilo. La carretera es sinuosa y flanqueada por hondos voladeros y peñas casi verticales, recubiertas de abundante vegetación y plantas de café.

Salí de la Ciudad de México el viernes por la madrugada y llegué todo desvelado y cansado a la escuela de derecho donde tendría lugar la mesa.

El regreso estuvo peor. Había una neblina tan espesa, que por un momento pensé en dejar mi cochi abandonado y subirme a camión de pasajeros.

En fin, gajes del oficio. Para la otra me voy en autobús.



3 comentarios:

Luis dijo...

Peligroso artículo...muy peligroso!

ELISA dijo...

Como siempre, algunos medios de comunicación se están encargando de desprestigiar a nuestra universidad, vendiendo la idea de que los impuestos de los contribuyentes, se destinan para formar guerrilleros en la UNAM.
Los intereses personales y actividades que Lucía Morett realiza fuera de la universidad son respetables, lo lamentable de esta situación es que se está ensuciando el nombre de la UNAM.
Un saludo para ti y buen fin de semana.

Anónimo dijo...

No se me hace muy revolucionario mantener en rehenes a civiles durante años.

Tampoco lo es coludirse con el narco para obtener financiamiento.

Las FARC son simplemente un grupo armado que ha logrado sobrevivir 30 años explotando el mito romántico de los guerrilleros.

Es comprensible que alguien caiga en esa confusión, sobre todo quienes quieren distanciarse de la globalización autoritaria que se nos impone desde los centros de poder.

Pero quiero creer que hay otras formas de combate, que no consistan en apoyar, moral o materialmente, a quienes podría llamar "narco-terroristas", de no estar tan desprestigiado ese término.

Saludos y felicidades por la envidiable constancia de tu blog.

Gabriela