20 jun. 2009

El buró y la nostalgia

No sé hasta qué punto pueda considerarse un ataque a la masculinidad decir que a lado de mi cama tengo un buró, en cuya superficie alguna vez puse el despertador y un par de libros para leer antes de dormir, pero que con el paso del tiempo y mi desidia para acomodarlos en mi pequeño librero, se convirtieron en una pilas tan altas que ahora para poder alcanzar alguno que esté hasta arriba, tengo que ponerme de puntillas.

En esta ocasión no pretendo escribir acerca de esa pila de libros y folios que se han acumulado sobre la reducida superficie del buró, dejando apenas un diminuto espacio para el teléfono celular, que todas las mañanas me despierta con la muy premonitoria letra de “Sea” de Jorge Drexler. Más bien pretendo escribir del cajón de ése buró, el cual originalmente usaba para guardar mi reloj, la cartera y mis pastillas para la gastritis, el dolor de cabeza, mi lumbalgia y alguna gripe eventual, pero que hasta apenas ayer descubrí que se había vuelto un archivo de notas y recibos que se fueron acumulando desde ¡el año 2000!

No sé por qué tengo la extraña manía de guardar todos boletitos del cine, comprobantes de pago del banco, la cuenta del súper, las facturas de algunas cosas que he comprado y los tickets de compra de la librería. El punto es que todos esos papelitos pulcramente doblados y sujetados con clips, habían ocupado todo el espacio del cajón, obligándome a la laboriosa tarea de quitarlos para liberar espacio.

Hacerlo fue como regresar al pasado, a través de los recuerdos que cada uno de esos papeles me evocó; como cuando encontré un boleto de Cinepolis, de cuando fui a ver Darkness City en 2001, una peli demasiado rara a la que, por cierto, no le entendí ni madres. O como cuando me encontré un boleto de Pullman de Morelos, de cuando viajar a Cuautla costaba 50 pesos y a Cuernavaca 65, en 2003.

Incluso encontré debajo de todos esos pequeños trozos de papel, el folder donde había guardado mi carta de aceptación a la licenciatura en la UNAM. Al leerla nuevamente fue imposible no llenarme de orgullo por el que ha sido hasta ahora uno de mis principales logros personales, pues desde que era un chaval de ocho años quería estudiar en la UNAM; incluso aun recuerdo un spot de difusión cultural, que decía algo así como “Difusión Cultural UNAM: nuestro futuro hoy”.

También me encontré los tickets de compra de algunos libros que ya ni me acordaba que tenía. Y la verdad no es que tenga muchos, pero tampoco llevo un registro exhaustivo en mi memoria de todos lo que tengo. El punto es que me sorprendió que en 1999 aún hubiera buenos libros que se podían adquirir por 20 pesos, y no como ésas ediciones espantosas de Editores Mexicanos Unidos que venden dentro de algunas estaciones del metro, que generalmente son las obras más aburridas o desconocidas de autores conocidos.

Incluso encontré mi pasaporte, que hace poco andaba buscando porque muy tacañamente pagué sólo por su vigencia de tres años, sin contar que mi visa gringa sería de 10.

Y cómo no mencionar las pastillas caducadas de trimetropim con sulfametazol, que guardan un valor sentimental para mí debido a que fueron las últimas que me recetó la doctora corazón cuando todavía me quería.

Quizá este texto -como casi todos los que escribo- no tenga ningún valor para quien lo lea; pero no os preocupéis, que no lo escribí con esa intención. Tan sólo quise externar por escrito la nostalgia que me causó limpiar el cajón del buró. Me hizo recordar los no tan lejanos tiempos en los que tenía tiempo para ir al cine, la librería, a otros lugares fuera de la ciudad y hasta para tener una novia doctora que me daba consultas gratuitas. Por cierto, ahora la doctora corazón anda en su segundo año de la residencia y está tan ocupada y estresada, que ha bajado mucho de peso.

Nostalgia en estos días nublados y lluviosos era el único elemento que faltaba para entrar oficialmente en un periodo de recesión existencial, digo, pa estar a la moda del léxico económico prevaleciente.

Un saludo para quienes me leen.

P.S.: Con todo este asunto del voto nulo, un amigo y colega de la Universidad me invitó a escribir una ponencia para una mesa de análisis. Buscando entre los libros y las notas que emplearé para redactarla, me encontré con “En defensa de la política” del profesor británico Bernard Crick. Un gran ensayo que debería de leerse en estos aciagos momentos electorales. Ya a ver si después escribo algo al respecto, o publico algunos fragmentos de lo que me salga como ponencia. A propósito, volver a escribir con estilo académico me ha entusiasmado bastante.

P.S. 2: Paola, como siempre, es un honor para ti poder leerme. Welcome again!

2 comentarios:

LicCARPILAGO dijo...

grandes recuerdos evocados desde los rincones de un cajon. yo guardo/colecciono boletos que igualmente son sinónimo de experiencias archivadas en algun rincon de las neuronas y cada u na tiene sus propios recuerdos particulares.

buen post.

The broken woman dijo...

hOLA!! EL LEERTE ME HIZO IDENTIFICAR MUCHAS COSAS QUE HABITUALMENTE ME SUCEDEN, Y CURIOSAMENTE TAMBIÉN TENGO UN BURO QUE OCUPO PARA GUARDAR CUALQUIER COSA EN EL INSTANTE QUE REGRESO A MI ESPACIO, DESPUÉS DE UNA LARGA JORNADA DE TRABAJO.