12 dic. 2012

Y ahora los muertos ¿de quién van a ser?

Recuerdo aquella ocasión en la que el entonces secretario de Gobernación, Santiago Creel, tuvo la genial idea de confeccionar un neologismo para denotar la permanente actitud de sospecha que permea en el ethos nacional bautizándola como sospechosismo. 

Fue ocasión para muchas semanas de crítica mordaz en los medios de comunicación y de permanencia en la posteridad del léxico político mexicano. 

Así y todo, hay algo de razón en lo que animó a don Santiago Creel a acuñar tal término. Y viene ahora a colación porque, sospechosista, curioso y mal pensado como uno es, no puede dejar de señalar el curioso vuelco de la línea editorial de la gran mayoría de los medios de comunicación de alcance nacional ocurrido a partir del pasado 1 de diciembre. 

Hasta antes de aquella fecha el panorama que esos medios presentaban de las diferentes regiones del país era muy parecido al que acontecía en Siria y en general en el Oriente medio. Pero a partir de la toma de protesta del presidente Peña Nieto (lo escribo con todo el dolor de mi corazón), el país se convirtió de pronto en la España transicionista de finales de los años 70, en donde todo eran acuerdos y prevalencia del interés superior de la Nación. 

Así que ante esa suerte de borrachera mediática a la que ha visto sometido el grueso de la chusma palurda y apestosa de este país de globos, bicicletas y personajes copetudos, no queda más que -oh si- ser la voz que disiente para señalar que, aunque ya no sea proyectada en la pantalla de la televisión y en las columnas de los diarios, la realidad de violencia y crisis de seguridad en distintas regiones del país continúa siendo álgida. Los muertos -y permítaseme emplear la siguiente tropicalísima figura de estilo- siguen muriendo, pero ahora ya no hay un record que nos permita saber si ya podemos llenar con sus cadaveres el Foro Sol, o de menos, el Estadio Azteca, como ocurría hasta hace bien poco cuando se hablaba, se debatía y se denunciaba con un halo melodramático de "los muertos de Calderón". 

Independientemente de que Peña y en general todo su gabinete me parecen personajes del museo de la Memoria y Tolerancia (no por ser precisamente tolerantes, sino al revés), les confiero el sensato beneficio de la duda. Pero tal vez comenzar a gobernar pretendiendo ocultar la realidad sacándola de las ondas hertzianas y de las prensas, no me parece un buen inicio para un gobierno que pretende demostrar su renovada dermis democrática, y sí más bien el de un gobierno que, como el Presidente, es un producto de la industria cosmética que maquilla su talante autoritario. 

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