16 oct 2007

Al Gore, la Bomba Gay y el (Ig) Nobel

Alguna vez el gran Guillom D’Besnarez –desconocido para la gran mayoría del público iberoamericano, pero gran maestro de ironías del que este humilde mortal ha sabido abrevar, a tal punto que el nombre de este blog es la inversión del título de uno de sus libros: El sentido de las estupideces- escribió que la estupidez de la guerra moderna estaba en las “bombas inteligentes”, que como ha quedado demostrado en múltiples y dolorosas imágenes de civiles mutilados, de inteligentes no tienen más que el nombre.

Sin embargo, hace algún tiempo el concepto de “bomba inteligente” estuvo a punto de convertirse en realidad, cuando en el Laboratorio Patterson Wright un grupo de oficiales de la fuerza aérea del ejército norteamericano, propuso la fabricación de una bomba gay. Sí. Así como se lee: una bomba gay.

Luego de que pusiera al descubierto esa intención, a través del Sunshine Project, promovido por la asociación internacional del mismo nombre, dedicada a la lucha contra las armas biológicas, el Pentágono deshecho la idea. Pero en su momento se le consideró muy seriamente; tanto que se había contemplado un presupuesto de 7.5 millones de dólares para financiar el proyecto Productos químicos para el hostigamiento, irritación e identificación de los malos.

Esa bomba gay tendría por objetivo provocar la homosexualidad en el enemigo, mediante la propagación de gases químicos que les harían sentir atracción entre ellos mismos, minando así la moral y la disciplina de las tropas que, al ritmo de Macho Men, se entregarían a un aquelarre homosexual más loco que la marcha del orgullo gay.

Por supuesto, las guerras se resolverían a través de un paradójico amor y paz que incluiría besos, abrazos y mucha “rectitud” entre los soldados.

Precisamente como el objetivo de la bomba sería el cese de las hostilidades bélicas y el logro de la paz, hace un par de semanas el Laboratorio Patterson Wright ganó el Premio Ig Nobel de la Paz 2007, es decir, el anti Nobel que la revista Annals of Improbable Research instituyó en 1991, como remedo humorístico al galardón otorgado anualmente por la Academia Sueca de las Ciencias, en Estocolmo (¿o en Oslo? No lo recuerdo, pero si alguien me aclara el dato, qué mejor que mejor).


Y como la entrega del Ig Nobel –que es un juego de palabras en inglés, cuya traducción al español sería “innoble”- es más o menos contemporánea a la entrega del Nobel, es imposible resistir la tentación de hacer un contraste.

Así pues, mientras en Suecia se le otorgó el Nobel de la Paz al ex vicepresidente de Estados Unidos, Albert Gore, por andar gritando como señora gorda histérica a la que le han robado el bolso en el mercado, que el mundo se va a acabar en unos cuantos siglos, en el Sanders Theatre de la Universidad de Harvard –sede de la entrega del Ig Nobel- le entregaron el premio de la paz a una propuesta menos dramática y por el contrario, más divertida.

No quiero decir que Al Gore no mereciera un premio Nobel; lo que digo es que lo pusieron en la terna equivocada, porque él debió haber ganado el Nobel a la ñoñez, en lugar del Nobel de la Paz.

Por eso en lo personal encuentro más interesantes los Ig Nobel, que premian investigaciones realmente importantes, como por ejemplo, la realizada por los médicos Brian Witcombe y Dan Meyer, acerca de los efectos secundarios de introducirse espadas por la garganta, como hacen los prestidigitadores en los circos. O la desarrollada por los argentinos Patricia Agostino, Santiago Plano y Diego Golombek, que descubrieron que los hamsters que toman viagra se recuperan más rápido del jet lag.

Ese tipo de investigaciones son más útiles para la vida cotidiana, que aquellas premiadas por un grupo de amargados y aburridos científicos suecos, influidos por las presiones que sobre ellos ejercen universidades como Harvard y el MIT, que buscan lucrar con los descubrimientos, avances y mejoras científico-tecnológicas alcanzadas por sus investigadores y académicos.

No hay como el verdadero espíritu científico, que es totalmente altruista y desinteresado, como altruista y desinteresada fue la investigación del profesor de la Universidad de Tennessee, doctor Francis M. Fesmire, acerca de la cura del hipo con un masaje rectal dactilar, que le valió el Ig Nobel de Medicina 2006. O el estudio de los doctores Steven Stack, de la Universidad Estatal de Wayne, en Michigan, y James Gundlach, de la Universidad de Auburn, Alabama, acerca de “Los efectos de la música country en el suicidio”, que los hizo acreedores al Ig Nobel 2004 de Medicina.

Y respecto al premio de literatura, que en Escocia se lo otorgaron a una señora inglesa que en mi vida había escuchado nombrar, pero que seguramente es mucho menos antipática que el gurú de las catervas clasemedieras latinoamericanas identificadas con ideas un tanto derechosas, es decir, Mario Vargas Llosa, el Ig Nobel respectivo se le concedió a Glenda Browne por su estudio acerca de los problemas de indexación del artículo inglés “the”, que tantos problemas causa –lo sabré yo- a la hora de hacer traducciones.

En fin, que toda esta fumada la escribí sólo para expresar mi desacuerdo con la entrega del Nobel de la Paz a Al Gore y mi maligno beneplácito por el no otorgamiento del Nobel de Literatura al insufrible Vargas Llosa.

Ya si a alguien le interesa conocer otras investigaciones galardonadas con el Ig Nobel, como la de los investigadores Víctor Benno-Meyer y Joszef Gal, que usaron principios básicos de la física para calcular la presión que se acumula dentro de un pingüino en el proceso de defecación, pues dejo el link a Wikipedia y a la Annals of Improbable Research.



P.S Me pregunto si en la UNAM no habrá ya algún estudio acerca de los efectos del reggeton en la estupidez de quienes lo escuchan y lo bailan; espero que no, porque así yo me la echo y en una de esas hasta me gano un Ig Nobel el siguiente año.

12 oct 2007

Pecado de pubertad

Debido al balconazo del que fui objeto por parte de Manijeh, en mi propia pocilga virtual -o sea, esta misma que ahora estás visitando, estimado lector, lectora- en clara venganza por haberme burlado de que en alguna ocasión ella asistió a un concierto de Maná, me veo en la obligación de limpiar mi honor ya no digamos intelectual, sino melómano (a sacar el diccionario).

Y es que de mi se podrá decir todo lo que se quiera: que soy arrogante, orgulloso, deshonesto, maquiavélico, mentiroso, ladrón de libros chafas que luego de sentir el placer culposo de leerlos los regreso, fatuo, pretencioso, mamón, similares y conexos. Pero nunca, absolutamente nuncamente, se podrá decir que escucho música fresa y mucho menos que por ese simple hecho sea yo mismo fresa.

Esto viene a cuento porque ese artero balconazo tiene que ver con el vergonzoso hecho de que en mis años mozos de adolescencia asistí a un concierto de Fey. Sí. Fey; la intérprete de canciones tan sosas como “Gatos en el balcón” y “Mi media naranja”, que a mediados de los años noventa popularizó entre los púberes imberbes la moda de los jeans desgarrados, las camisas de franela amarradas a la cintura y los ademanes de anciano artrítico.

Pero, ¿cómo fue que yo, un joven e inteligente profesor universitario tan refinado y mamón, cometí ese tremendo pecado de pubertad?

Para dar respuesta a esa pregunta y salvar mi honor de las suspicacias, es que he decidido escribir este post.


Previo al momento de sentirse parido por el propio padre Dios, es decir, previo a la graduación en alguna Facultad de humanidades, existe un tiempo en la vida de todo intelectual en el que se sabe mortal, común y ordinario como todos los que le rodean. Ese tiempo es la adolescencia.

Mi adolescencia transcurrió en los angustiantes y furiosos años noventa, pues yo y toda mi generación somos los hijos no deseados del neoliberalismo.

A diferencia de la generación X, que creció durante los todavía más angustiantes y grises años ochenta, traumada por la agonía del Estado de bienestar, la desaparición de los subsidios, la música de los Hombres G que escuchaban sus hermanos mayores y la sordidez dostoievskiana de series animadas como Heidi, que dicho sea de paso, nunca encontró a su abuelito, y que ahora los ha convertido en unos treintañeros afligidos, melancólicos y cocainómanos; la mía es una generación todavía más escéptica, apática y valemadrista (de otra manera no se explicaría el triunfo electoral de Vicente Fox en el 2000, que fue posible gracias a nuestros votos); pero más aguantadora.

Decía pues, que mi intenso despertar hormonal al mundo de faldas y escotes cortos y los pensamientos sexosos, tuvo lugar durante la primera parte de los angustiantes pero fabulosos años noventa. Eran los años del rap, de la moda zapatista, y del espejismo salinista de que México era ya un país del primer mundo.

Curiosamente en aquellos tiempos ya conocía a la doctora corazón, sólo que por aquella época no tenía ni idea de que sería mi novia, que le robaría sus libros y le mentiría descaradamente. Es más, por aquella época ni siquiera me gustaba; ella ni siquiera se imaginaba que terminaría estudiando medicina y yo ni siquiera imaginaba que terminaría estudiando ciencia política. Esto porque ambos queríamos estudiar –¡qué horror!- ciencias de las comunicación…

En realidad, en aquella época la doctora corazón no era la doctora corazón; era simplemente la prima de Gloria, que es la protagonista de este relato y la culpable de que haya cometido ese grave pecado del que ahora me arrepiento y trato de expiarme todas las noches flagelándome la espalda con varas de zarzamora.

Así es. Por aquellos años de dance club y de guerra en los balcanes, me gustaba mucho Gloria Neria, una de las chicas más populares de la secundaria. Por supuesto que en este contexto de adolescencia efervescente, el verbo “gustar” debía entenderse en su total y plena connotación sexual. Esa chica estaba bárbara y podía despertar los instintos sergioandradescos hasta del más férreo inquisidor de la pederastia. Tan bien estaba, que años más tarde, cuando leí Lolita de Nabokov la imagen que se generaba en mi mente era la de Gloria vestida con una mini falda escocesa, zapatos de plataforma y mallas blancas arriba de las rodillas.¡Uf! nada más recordarla hace que se me pare… el corazón.

El punto es que esa chica me traía como un auténtico desquiciado y con tal de estar con ella, yo era capaz de hacer todo lo me pidiera (no sé por qué ahora me siento como el personaje de La broma de Milán Kundera).

Como es de imaginarse, me pidió que fuera con ella a un concierto de Fey, que por aquellos entonces traía eufórica a toda la chaviza con la canción de la “Media naranja” que, pus pa’que voy a mentir, también a mi me gustaba. Pero sólo esa canción, eh.

Recuerdo que el día que me pidió que fuera con ella al concierto estábamos en el laboratorio de biología. Yo estaba sentado a la mesa, frente a un mechero y ella estaba detrás de mí.

Cuando me dijo que fuera con ella al concierto se inclinó, recargó sus pechos en mi espalda, pasó sus manos por mi pecho, colocó su mentón en mi hombro y rozando con sus labios mi oreja izquierda me dijo: “Anda, di que sí vas a ir conmigo”. Obviamente ¡¡no pude decirle que no!!

Y así fue como ocurrió mi perdición. Un viernes por la tarde ella y su hermano mayor pasaron por mi a mi casa, y de ahí nos fuimos hasta una discoteca muy famosa por aquellos años, ubicada al norte de la ciudad, donde el concierto tuvo lugar.

Dañadas mis neuronas por tantos capítulos vespertinos de Berverly Hills 90210, se me ocurrió aprovechar el concierto para pedirle que fuera mi novia y ¡oh vergüenza de vergüenzas! justo cuando Fey comenzó a cantar “Mi media naranja” nos dimos nuestro primer beso.

Poco tiempo después la muy disoluta me dejó por uno de mis mejores amigos, que en ese momento dejo de serlo, y por tanto el sacrificio de haber ido a una discoteca fresa, vestido bien fresa y actuando como fresa, valió pa’ puro rábano.

Fue por esa –vista a la distancia- deleznable causa, que durante mi adolescencia fui a un concierto de Fey. Y bueno, sobra decir que donde mandaban las hormonas, no gobernaban las neuronas.

Por lo demás la música de Fey, Jeans, Kabbah y demás grupos y solistas pop nunca me gustó. Por aquellos tiempos era feliz escuchando a Café Tacaba, 10 000 Maniacs y viendo los videos de MTV, que también por aquella época era un canal respetable... ¡ah! también en esos años hacía mis primeras incursiones en el fascinante mundo del jazz, gracias a las clases de apreciación musical de mi profesor de educación artística, que un era miserable tirano, pero muy bueno en lo suyo.

11 oct 2007

Pecado original

En estos tiempos se necesita mucho ingenio para cometer un pecado original.


Un cínico anónimo (como yo).

5 oct 2007

Dilema resuelto (no sin contratiempos) II

De vuelta al periplo dilematoso

Conocedor pues, del leguaje policíaco y sus denotaciones, una vez que le comuniqué al polecia del estacionamiento mi pretensión de que él le entregase el libro a la doctora corazón, comencé a interpretar su lenguaje desde el momento mismo en que se rascó la cabeza, hizo una ligera mueca y respondió que sí, para retroceder inmediatamente:

-Oiga joven, ¿y si me pregunta que quién le mandó el libro?

-Pues dígale que no se acuerda; que estaba muy ocupado y que ni le vio la cara al que lo trajo.

-No mi joven, eso sí que va estar difícil; es que usté me está obligando a mentir y pus ora si que aquí donde me ve de humilde, pus soy bien honesto y no me gusta decir mentiras. Así que yo creo que no se va a poder.

[Como se puede observar, en la reticencia inicial se encuentra la primera aunque tenue insinuación de hacerle una propuesta indecorosa]

-Ándele poli, no le cuesta nada.

-Pus ‘ora sí que ese es el problema joven. Además, lo que sea de cada quien, yo sí tengo una buena memoria.

[Si bien en el lenguaje humano este último enunciado no tiene otra significación más que la de que el policía es, en efecto, un hombre dotado de buena memoria, en la jerga policíaca significa: “a ver, ya me di cuenta de lo que tramas, así que si no me das un billete, revelo tu identidad y entonces sí que tendrás problemas; así que vamos viendo de a cómo no te hago el favorcito]

Ante una situación en la que el agudo olfato de un policía percibe la importancia de lo que se le pide que haga, y trata de sacar el mayor provecho monetario, las opciones son básicamente tres: a) hacerse el desentendido, que es la menos viable, porque si el policía habla, entonces sí que habrá problemas; b) indignarse, que es todavía peor que la opción a), porque entonces el policía podría exagerar al momento de hablar; y c) ser realista y caerle con el billete, que es la menos peor, porque aun cuando significa corromper al policía, es por una buena causa.

Es obvio que, contrariando a la campaña anti corrupción de los campeones de la ética y la moral de Televisa (si no se ha percibido la ironía la confirmo: estoy siendo irónico), no tuve el valor y me valió (madres) corromper al polecia con 100 pesotes:

-Mire poli, no me lo tome a mal, pero si le da el libro sin decirle quién vino a dejárselo, le doy p’al chesco. Tenga.

En otras circunstancias hubiera aceptado gustoso y ahí se hubiera acabado el problema; sin embargo, como cometí el error de hacerle notar lo importante que era para mí que cumpliera tal cual mis instrucciones, al polecia le pareció muy poco dinero, y así me lo hizo saber:

-Hijole joven, ¿y qué tal si me acuerdo a la mera hora? Es que a usté ya lo he visto por acá hartas veces cuando deja su coche en los cajones de visitantes. Además la doctora es su novia ¿no?

En ese momento no sé por qué me acordé de la mamá del policía de forma quizá un tanto eufórica. Sin embargo conservé la calma y teniendo que desembolsar otros 100 pesos le dije:

-Ándele poli, para que se compre su chesco de tres litros- a lo que el policía jijo de su tal por cual respondió:

-Sale joven, como que ya ni me acuerdo. Y pus ya al rato que se vaya la doctora le doy su libro…



Sí, estimados lectores, sé que están pensando que además de biblio-cleptómano, lector de banalidades literarias, trivial, fatuo, pretencioso y deshonesto, también soy inmoral. Pero no me juzguen como un monstruo sólo por tratar de salvar a la doctora corazón de la penosa necesidad de tener que confesar que me mintió al decirme que el libro que “perdió” era una novela de Coetze.

En realidad, si corrompí al policía fue por amor. Y yo no le llamaría a ese acto deshonestidad, sino actuación maquiavélica, en el sentido en que el fin (evitar que la doctora corazón confesara su mentira y yo el hecho de haberle sustraído su libro sin su permiso y menos aún, su conocimiento) justificó los medios, es decir, los 200 pesos -que por cierto, bien me hubieran alcanzado para comprar una novela decente publicada por Anagrama, Tusquets o Alfagura- y la voluntad comprada del policía.

Sin embargo ahí no acabó el asunto, porque esa misma noche la doctora corazón me llamó por teléfono entre asustada y curiosa, para relatarme lo acontecido en el estacionamiento, y preguntarme quién habrá sido el misterioso sujeto que fue a regresarle su libro.

Y mientras se le pasa la inquietud, ahora quiere que vaya por ella el resto de la semana; lo que supone tener que ver al policía y, eventualmente, negociar la prolongación de su amnesia temporal.

En fin, eso me gano por andar leyendo cosas que no debía. Si ya decía yo que la literatura light nunca deja nada bueno…

Pero como sea, en el remoto caso de que la deshonesta verdad se descubra, ya tengo un chivo expiatorio, o más bien una chiva expiatoria –que no es precisamente del Guadalajara- a quién echarle la culpa: Carolina Dosetti, que en una charla por el messenger el martes por la noche, me ayudó a concebir el plan.

¿Estaré volviéndome cínico y perverso?

4 oct 2007

Dilema resuelto (no sin contratiempos) I

Soy malo. Muyyy malo, y desde ya me he ganado un lugar en los aquelarres sexuales organizados por las conejitas de Playboy y actrices porno que purgan sus penas en el infierno.

Aunque placenteramente tormentoso, creo que es un justo castigo por la forma en que solucioné el dilema moral y existencial al que me condujo la tentación consumada de haber leído una novela editada por Selecciones de Readers Diget’s, sustraída en forma cleptomaníaca a la angustiada y mentirosilla doctora corazón.

En lugar de haber optado por una solución viable, simple y autosacrificial, consistente en decir: “Aquí está tu libro; perdóname por haberlo tomado sin avisarte, por temor a que te burlaras de mi. Lo sé, soy vano y superficial. También me gusta la literatura ligera; y ahora que lo sabes, pues aprovecha que me tienes en suelo y patéame sin compasión…”; opté por una solución más bien bastante contraproducente.

Ayer por la tarde me apersoné en la caseta de vigilancia del estacionamiento del hospital donde trabaja la doctora corazón, para dejarle al polecia el libro causante de mi perdición moral, con la instrucción precisa de que se lo diera a la Yarita cuando saliera en su coche.

Al principio creí que sería tan fácil como hacerle una seña obscena a un ciego. Sin embargo no resultó como lo había planeado, porque pasé por alto el pequeño detalle de que en este querido país de globos y bicicletas, los polecias pueden extorsionar a los ciudadanos casi por cualquier motivo; incluido desde luego el de considerar sospechoso que cierto sujeto aparezca una tarde cualquiera ante uno de ellos, encargado de vigilar un estacionamiento, para pedirle de favor que entregue un libro (objeto tan desconocido como misterioso para él) a otra persona.

Por supuesto que lo sospechoso no radica tanto en el sujeto como en el favor, es decir, entregar un libro y ¡gratis!

Excursus: Breve manual de interpretación del lenguaje policíaco

Antes de continuar con el relato de mi periplo dilematoso (he aquí una original contribución al diccionario: Dilematoso adj. Dícese de lo relativo a un dilema tan absurdo como estúpido, solucionado de forma igualmente tan absurda como estúpida), he considerado conveniente hacer una breve parada en la interpretación del lenguaje policiaco, la cual bien podría ser de gran utilidad para mis lectores en el momento en que la Fatalidad los obligue a entablar comunicación con esa temible especie depredadora.

Como todas las especies animales, la de los policías también tiene su propio lenguaje. Si bien rudimentario, ambiguo e impreciso, se trata de un código de comunicación eficaz en el cometido de su tarea principal, que es confundir y extorsionar a los desprevenidos ciudadanos que llegan a caer en sus garras.

Tras algunas intrépidas aunque desafortunadas experiencias y observaciones de campo, he logrado descifrar parte de ese lenguaje policíaco y la forma en que debe ser traducido al lenguaje humano. He aquí algunos de los resultados:

1.- Cuando un ejemplar de la especie policíaca, generalmente de complexión robusta tirando a pinche panzón sedentario, se le acerca durante el alto del semáforo, y mira de reojo la marca y el año de su automóvil, es porque está elaborando un rápido estudio socioeconómico de usted, y del posible monto que puede exigirle para no levantarle una infracción por cualquier pretexto, como que su auto tenga una diminuta caca de mosca en el cofre.

2.- Una vez que el gordo ejemplar policíaco se aproxima a la ventanilla de su auto, recargando los 90 kilos de su humanidad en la portezuela, y le dice con el típico acento de barrio, al tiempo que emite un silencioso eructo con olor a tacos de suadero acompañados de una coca-cola que desayunó por la mañana: “buenas mi joven, muéstreme su licencia y tarjeta de circulación”; usted debe entender rápidamente que en realidad le quiere decir: “no se haga güey y vaya viendo cuánto dinero trae en su cartera, porque de está no sale vivo”.

3.- Si después de haber examinado toda la documentación que le pidió, incluido el comprobante de vacunación de su mascota y el recibo de compra de su collar anti pulgas, el policía le dice: “uy no mi joven, ‘ora sí que está usté en un problemota; está violando el artículo 24, fracción B, segundo párrafo, inciso Z, del código de tránsito y vialidá de automóviles con cacas de mosca en el cofre, y pus tengo que cumplir con mi deber de, pus ‘ora sí que aplicar la ley, por lo cual me voy a ver en la penosa necesidá pus este de infraccionarlo”; lo que usted debe interpretar es: “hazme una primera oferta y vemos si me conviene o no”.

Si eso llegase a ocurrir: 1) no se altere, ni siquiera se le ocurra mirarlo feo, aunque sea de soslayo; 2) conserve la calma, si el policía llega a notar su nerviosismo, téngalo por seguro que se ensañará con usted; 3) sugiérale muy respetuosamente que está usted dispuesto a cumplir la ley para la próxima vez, pero que por el momento quiere llegar a un acuerdo.

4.- Una vez que le haya demostrado su resignada disposición de ser extorsionado, hágale una oferta.

5.- Si después de haber hecho la oferta, el policía le dice: “hijole mi joven, la faltota que usté cometió amerita llevar su coche al corralón y pus yo creo que orita le voy a decir a mi pareja que llame a la grúa para que venga por su carro”; lo que usted debe entender es: “qué te pasa cabrón, es que acaso me quieres ver la cara de pendejo; yo sé que traes más billete, así que no te hagas güey y aflójalo”.

6.- Cuando le haya llegado al precio de la extorsión, el policía le dirá: “generalmente yo no acostumbro hacer esto mi joven, pus porque ya ve que es deshonesto eso de la corrucción; pero como usté se ve que es una persona íntegra estoy haciendo una excepción, pero no crea que soy así eh. Ora váyase y no vuelva a cometer infracciones a la ley”; lo que usted debe entender es: “ni te confíes, que es esta no fue ni la primera vez, ni la última”.

Con el conocimiento de estas sencillas reglas de traducción del lenguaje policiaco, usted estará listo para hacerles frente en cualquier desgraciada eventualidad que así lo amerite, pues ya sabrá cómo interpretar sus palabras, sus gestos y sus entonaciones.

2 oct 2007

La Reina del Pacífico






Esa Reina del Pacífico no se ganó ese título en un certamen de belleza, pero de que tiene un no sé qué que qué soy, que ay ay ay; eso que ni qué.

Como dice Germán Dehesa, con esa reina del pacífico yo sí me echaba un tiro, nomás para que vea que también en el Atlántico se mueven las aguas del mar...



P.S Todavía no resuelvo el dilema del libro, pero ya estoy pensando en una solución que salve mi honor intelectual y el de la doctora corazón. Así que les pido paciencia a mis curiosos lectores. Por cierto, comienzo a creer que efectivamente, existen más de dos almas indolentes que frecuentan este espacio.

Laurita, un saludo y gracias por acordarte de mi.

1 oct 2007

La mamá del Santo

El pasado sábado, en una reunión familiar, uno de mis sobrinos más pequeños contó un chiste a propósito de la lucha libre, que era el tema de la charla de sobremesa.

Ese chiste sí que es una auténtica lección de humildad, porque apela al sentido común.

Ahí va:

¿Qué le dijo la mamá de Blue Demon a la del santo?

¡Felicidades!


No os preocupeis, que yo también me reí después de pasados cinco minutos.