12 oct. 2007

Pecado de pubertad

Debido al balconazo del que fui objeto por parte de Manijeh, en mi propia pocilga virtual -o sea, esta misma que ahora estás visitando, estimado lector, lectora- en clara venganza por haberme burlado de que en alguna ocasión ella asistió a un concierto de Maná, me veo en la obligación de limpiar mi honor ya no digamos intelectual, sino melómano (a sacar el diccionario).

Y es que de mi se podrá decir todo lo que se quiera: que soy arrogante, orgulloso, deshonesto, maquiavélico, mentiroso, ladrón de libros chafas que luego de sentir el placer culposo de leerlos los regreso, fatuo, pretencioso, mamón, similares y conexos. Pero nunca, absolutamente nuncamente, se podrá decir que escucho música fresa y mucho menos que por ese simple hecho sea yo mismo fresa.

Esto viene a cuento porque ese artero balconazo tiene que ver con el vergonzoso hecho de que en mis años mozos de adolescencia asistí a un concierto de Fey. Sí. Fey; la intérprete de canciones tan sosas como “Gatos en el balcón” y “Mi media naranja”, que a mediados de los años noventa popularizó entre los púberes imberbes la moda de los jeans desgarrados, las camisas de franela amarradas a la cintura y los ademanes de anciano artrítico.

Pero, ¿cómo fue que yo, un joven e inteligente profesor universitario tan refinado y mamón, cometí ese tremendo pecado de pubertad?

Para dar respuesta a esa pregunta y salvar mi honor de las suspicacias, es que he decidido escribir este post.


Previo al momento de sentirse parido por el propio padre Dios, es decir, previo a la graduación en alguna Facultad de humanidades, existe un tiempo en la vida de todo intelectual en el que se sabe mortal, común y ordinario como todos los que le rodean. Ese tiempo es la adolescencia.

Mi adolescencia transcurrió en los angustiantes y furiosos años noventa, pues yo y toda mi generación somos los hijos no deseados del neoliberalismo.

A diferencia de la generación X, que creció durante los todavía más angustiantes y grises años ochenta, traumada por la agonía del Estado de bienestar, la desaparición de los subsidios, la música de los Hombres G que escuchaban sus hermanos mayores y la sordidez dostoievskiana de series animadas como Heidi, que dicho sea de paso, nunca encontró a su abuelito, y que ahora los ha convertido en unos treintañeros afligidos, melancólicos y cocainómanos; la mía es una generación todavía más escéptica, apática y valemadrista (de otra manera no se explicaría el triunfo electoral de Vicente Fox en el 2000, que fue posible gracias a nuestros votos); pero más aguantadora.

Decía pues, que mi intenso despertar hormonal al mundo de faldas y escotes cortos y los pensamientos sexosos, tuvo lugar durante la primera parte de los angustiantes pero fabulosos años noventa. Eran los años del rap, de la moda zapatista, y del espejismo salinista de que México era ya un país del primer mundo.

Curiosamente en aquellos tiempos ya conocía a la doctora corazón, sólo que por aquella época no tenía ni idea de que sería mi novia, que le robaría sus libros y le mentiría descaradamente. Es más, por aquella época ni siquiera me gustaba; ella ni siquiera se imaginaba que terminaría estudiando medicina y yo ni siquiera imaginaba que terminaría estudiando ciencia política. Esto porque ambos queríamos estudiar –¡qué horror!- ciencias de las comunicación…

En realidad, en aquella época la doctora corazón no era la doctora corazón; era simplemente la prima de Gloria, que es la protagonista de este relato y la culpable de que haya cometido ese grave pecado del que ahora me arrepiento y trato de expiarme todas las noches flagelándome la espalda con varas de zarzamora.

Así es. Por aquellos años de dance club y de guerra en los balcanes, me gustaba mucho Gloria Neria, una de las chicas más populares de la secundaria. Por supuesto que en este contexto de adolescencia efervescente, el verbo “gustar” debía entenderse en su total y plena connotación sexual. Esa chica estaba bárbara y podía despertar los instintos sergioandradescos hasta del más férreo inquisidor de la pederastia. Tan bien estaba, que años más tarde, cuando leí Lolita de Nabokov la imagen que se generaba en mi mente era la de Gloria vestida con una mini falda escocesa, zapatos de plataforma y mallas blancas arriba de las rodillas.¡Uf! nada más recordarla hace que se me pare… el corazón.

El punto es que esa chica me traía como un auténtico desquiciado y con tal de estar con ella, yo era capaz de hacer todo lo me pidiera (no sé por qué ahora me siento como el personaje de La broma de Milán Kundera).

Como es de imaginarse, me pidió que fuera con ella a un concierto de Fey, que por aquellos entonces traía eufórica a toda la chaviza con la canción de la “Media naranja” que, pus pa’que voy a mentir, también a mi me gustaba. Pero sólo esa canción, eh.

Recuerdo que el día que me pidió que fuera con ella al concierto estábamos en el laboratorio de biología. Yo estaba sentado a la mesa, frente a un mechero y ella estaba detrás de mí.

Cuando me dijo que fuera con ella al concierto se inclinó, recargó sus pechos en mi espalda, pasó sus manos por mi pecho, colocó su mentón en mi hombro y rozando con sus labios mi oreja izquierda me dijo: “Anda, di que sí vas a ir conmigo”. Obviamente ¡¡no pude decirle que no!!

Y así fue como ocurrió mi perdición. Un viernes por la tarde ella y su hermano mayor pasaron por mi a mi casa, y de ahí nos fuimos hasta una discoteca muy famosa por aquellos años, ubicada al norte de la ciudad, donde el concierto tuvo lugar.

Dañadas mis neuronas por tantos capítulos vespertinos de Berverly Hills 90210, se me ocurrió aprovechar el concierto para pedirle que fuera mi novia y ¡oh vergüenza de vergüenzas! justo cuando Fey comenzó a cantar “Mi media naranja” nos dimos nuestro primer beso.

Poco tiempo después la muy disoluta me dejó por uno de mis mejores amigos, que en ese momento dejo de serlo, y por tanto el sacrificio de haber ido a una discoteca fresa, vestido bien fresa y actuando como fresa, valió pa’ puro rábano.

Fue por esa –vista a la distancia- deleznable causa, que durante mi adolescencia fui a un concierto de Fey. Y bueno, sobra decir que donde mandaban las hormonas, no gobernaban las neuronas.

Por lo demás la música de Fey, Jeans, Kabbah y demás grupos y solistas pop nunca me gustó. Por aquellos tiempos era feliz escuchando a Café Tacaba, 10 000 Maniacs y viendo los videos de MTV, que también por aquella época era un canal respetable... ¡ah! también en esos años hacía mis primeras incursiones en el fascinante mundo del jazz, gracias a las clases de apreciación musical de mi profesor de educación artística, que un era miserable tirano, pero muy bueno en lo suyo.

2 comentarios:

Luis dijo...

La primera regla de oro es "siempre niégalo todo", al final, tu teoría acabará siendo cierta. La segunda, "una mujer lo jusfitica todo", asi que no importa ser rastrero, fresa (o pijo, como decimos por aquí). Ni siquiera si te gusta la chica o no. En la adolescencia, todo vale. Por cierto, yo soy pertenezco a la generación X cuya máxima esperanza en la vida era acabar muriendo de modo trágico escuchando una canción de Nirvana. Afortunadamente, el "grunge" nunca fué de mi agrado.
Por último, una corrección "histórica". Heidi vivía con su abuelo, el que buscaba a su madre era Marco (acompañado por su mono albino).
Un abrazo.

MAEL dijo...

que le pasa? si ser fresa es super!!!

al menos cuando uno se ama y se acepta enteramente como es!!!
cada quien es feliz siendo lo que eligió y escuchando lo que le gusta, si acaso existe un pecado en esta historia, ese es el de lujuria que dudo mucho que se pueda llamar pecado de pubertad, porque hay que reconocer que ese pecado, la mujer lo domina pero el hombre lo lleva hasta la muerte...jaja
Gracias!!!! al fin encontré la respuesta a mis dudas...
no sabía que Heidi hubiera tenido tanto impacto en mi vida!!!!
ah y me parece ser que el del monito no se llamaba Marco si no Remi y si buscaba a su madre no a su abuelo...
mas adelante otra historia tierna es Sandi Belle...mmm por eso sere tan sufrida y amargada?????
le deseo una bonita semana.
saludos y hasta pronto.