22 dic 2008

Galatea

Este es, sin duda, uno de los peores textos que he escribido (nótese que utilizo un participio diferente para diferenciar entre un texto bien escrito y un texto mal escribido). Sin embargo quiero publicarlo a modo de reivindicación con Paola, la ignorada y olvidada Paola, que es asidua lectora de este blog, aunque luego algunos de mis textos tocan sus sensibles fibras chovinistas y en reacción me manda melodramática y temporalmente al olvido.

Nunca, o al menos eso creo, acostumbro a dedicar mis escritos.

Pero, Paola:

Para recompensar mi olvido, con todo y lo mal redactado que te pueda parecer, este va para ti.

Es mi versión particular de la leyenda de Galatea y Pigmalión.


Galatea en la versión de Moreau


Por la ventana entraban ligeros soplos de viento fresco que movían lentamente las cortinas de gasa blanca. Afuera la noche era iluminada por el resplandor plateado de la luna. El olor que traía consigo el aire era de la hierba silvestre, que se mecía suavemente al igual que las hojas de los sicomoros, cuyas siluetas se delineaban en medio de la oscuridad.

A lo lejos podía escucharse el sonido de las olas que llegaban a la playa, para bañarla de espuma y regresar nuevamente a la inmensidad del océano.

El mármol blanco de las columnas que sostenían esa imponente construcción brillaba aun más durante esa noche en que la luna aparecía majestuosa en el firmamento.

Dentro, en la enorme y silenciosa sala, apenas amueblada con un diván forrado en terciopelo azul y un taburete de cedro que todavía despedía ése aroma que le es propio cuando se alza en medio del bosque, se encontraba Pigmalión de pie frente a la ventana, contemplando la redondez y plenitud de esa luminaria nocturna.

En su mirada se podía adivinar un dejo de tristeza y en sus suspiros un poco de melancolía.

Había pasado mucho tiempo desde aquella noche en que la diosa le había concedido esa gracia; tanto, que en ésos días su cabello era aun negro y abundante, y ahora, muchas noches después, ya comenzaba a pintar algunas canas y había abandonado casi por completo a su frente.

La Fatalidad había querido que el Sino de Galatea, después de haber cobrado vida por obra de la diosa, fuera alejarse de quien por medio de su pensamiento y de sus manos la había creado tan bella y perfecta como ninguna otra mujer pudiera existir jamás.

Así que ésa misma noche en que su pétrea sonrisa se tornó real y que sus ojos de mármol adquirieron una tonalidad café en la que se podía entrever la eternidad, se marchó de ésa sala en la que Pigmalión permanece de pie, taciturno.

Cuando eso sucedió él dormía plácidamente, soñando con poder algún día besar esos labios sensuales de que había dotado a su escultura, ignorando que el deseo que horas antes había pedido a Afrodita le había sido concedido.

Al siguiente día, cuando despertó, descubrió que su escultura no estaba en su lugar. Exaltado emprendió su frenética búsqueda por todos los rincones de su casa y su taller, pero no la halló. Entonces uno de sus sirvientes le dijo haber visto salir muy de mañana a una bella mujer con camino hacia el puerto.

Hacía allá se dirigió Pigmalión, preguntando a todos los marineros y pescadores si habían visto a una mujer de piel delicada y formas exquisitas caminar por el muelle. Todos coincidieron en haberla visto, pero ninguno supo decir qué rumbo había tomado; hasta que un pescador que reparaba sus redes le dijo al angustiado escultor que la vio embarcarse en una galera fenicia. Al oír esto Pigmalión se echó de rodillas al suelo, se llevó las manos al rostro y cubrió su llanto. Así se permaneció el resto del día, sollozando amargamente.

Ella había estado ahí, junto a él, en su casa, quizá lo había visto dormir antes de salir por la puerta, preguntándose quién era ése desconocido que yacía en el diván cubierto en terciopelo azul.

Tanto había deseado que ella fuera real, besarla, acariciarla o simplemente mirarla a los ojos, que le llenaba de impotencia saber que ella se había marchado mientras él dormía.

Sin embargo era tanto el amor que sentía por ella, que con el paso del tiempo y aun cuando la recordaba a cada instante, se convenció de que lo que había sucedido había sido lo mejor para los dos. Que una mujer tan bella y perfecta merecía conocer el amor; ése sentimiento en el que él no creía y que por tanto no podría prodigarle.

Lo único que le quedaba de consuelo era la ilusión de que alguna noche que ella mirara la luna, tuviera alguna reminiscencia de aquél que la había creado justamente durante las horas de luz nocturna.

Así que esa noche ahí estaba Pigmalión, añorando a su Galatea con la ilusión, estúpida e inocente ilusión, de que ella desde algún lejano país, desde la comodidad de su alcoba, quizá apoyada en el hombro de alguien más, mirase también a la luna, ésa señora de la noche que era testigo involuntario de un amor que nunca fue en la realidad, pero que ha permanecido en su imaginación y que ahí seguirá mientras duré su existencia en la memoria de quienes reconozcan en él al gran escultor, que dio forma de mujer a la perfección y a la belleza.

19 dic 2008

Abandono

Me doy pena a mi mismo. Desde hace unos meses he dejado casi en el abandono este espacio de pendejadas y asuntos sin importancia.
Es curioso, porque mirando en retrospectiva, antes el tiempo me alcanzaba para hacer demasiadas cosas, como trabajar en una consultoría, dar clases, asistir a mis lecciones de idiomas, a un diplomado, sacar a pasear al perro, lavar y planchar y la ropa, ver a la novia (cuando tenía), visitar a la familia, salir con los amigos y hasta para hacer un poco de ejercicio.
Ahora siento que el tiempo ya no me alcanza. Salgo a oscuras de casa y llego a oscuras, cansado, con ganas de ponerme la pijama y dormir.
Antes solía escribir algunos de mis textos por las noches. Luego de ver Los Simpsons -que es un ritual que invariablemente he practicado durante los últimos 10 años- apagaba el televisor, encendía la compu y me ponía escribir el texto del día siguiente. Y aunque en algunas ocasiones he escrito a botepronto, las más de las veces, y también aunque no lo parezca, he dedicado algún tiempo a plantear la estructura de mis textos, que con todo y lo vanos que puedan parecer, siempre intento que algo rescatable tengan para quien me lee. Así por ejemplo, cuando escribí "Sexo y Filosofía" simplifiqué en tres párrafos como 20 siglos de historia y como 150 páginas de la Historia de la Sexualidad, de Foucault.
Ahora eso ya no me resulta tan fácil y no porque haya mermado mi capacidad para hacerlo, sino por la falta de tiempo. Ahora sílo puedo leer en el trayecto casa-trabajo-casa y alrededor de hora y media por las noches. Esto es importante porque la mayor parte de los temas acerca de los que suelo escribir, me vienen a la mente mientras leo alguna novela, ensayo o nota periodística.
En fin, que espero que para el siguiente año el tiempo sea más generoso conmigo y pueda continuar manteniendo este espacio de frivolidades, que el próximo 5 de Enero cumplirá ¡dos años!
Un abrazo navideño para quienes me leen, que son Luis, Juan y Elisa. Como la izquierda setentera, pocos pero sectarios.

18 dic 2008

Crisis y notas sueltas

O sea, neta que yo tenía (sigo teniendo) el sospechosismo de que la actual crisis económica mundial está más en la cabeza de los líderes de los grandes corporativos internacionales, más que en sus finanzas personales. Porque eso de que los gobiernos nacionales salgan a salvar a GM, Goldman Sachs o Deutsch Bank, exigiéndoles planes muy claros de cómo y en qué invertiran el financiamiento que han solicitado, y en cuánto tiempo lo regresaran, es un claro indicador de que sus respectivos congresistas saben que el problema no es tanto de escasez de dinero, sino de manejos financieros especulativos.
Y desde luego, quienes sí resentimos el irresponsable manejo del sistema financiero internacional somos los consumidores de a pie.
Pero bueno, hoy que escuchaba al VP (Vicepresidente, pues; y a propósito, detesto los mugres acrónimos de los puestos corporativos: CEO, VP, Sr., Jr.) de esta zona del mundo en la que tiene presencia la compañía en la que trabajo, y sobre todo, después de constatar de que por todo festejo de fin de año hubo un brindis con vino tinto y cuernitos de jamón serrano (croissants, creo que les llaman en Francia), he comenzado a creer que la cosa comienza a ponerse dura.
Habrá que esperar.
P.S Qué onda con doña Ingrid Betancourt y su visita a la Basílica de Guadalupe. Propaganda sentimentaloíde al 100%
P.S" A propósito de las heroínas contemporáneas, ya chole con Lucia Morett, digo, la mujer sólo estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado. Eso no le da derecho a ser la próxima Violeta Parra de las mentes izquierdosas... en fin, en fin.

10 dic 2008

Malthus y el Teletón II



Lo que voy a escribir a continuación me ganara sin duda el mote de insensible (y no precisamente socialista), promotor de la eugenesia, discriminador, darwinista social y cretino. Pero pienso que se trata de una opinión que muchas personas tienen, pero que evitan externarla por temor a salir de los márgenes de lo políticamente correcto, o por el simple qué dirán los demás.

No obstante, lo que me tranquiliza un poco es que este blog es casi anónimo y sólo dos o tres cibernautas lo visitan y lo leen. De modo que quedaré relativamente a salvo de un linchamiento virtual.

En el post anterior escribí acerca de Robert Thomas Malthus y de su teoría acerca de la corrección de los desequilibrios demográficos en relación con los medios de subsistencia.

Como sucede con todas las teorías y en general con todas las propuestas de explicación acerca de los fenómenos sociales, siempre hay promotores y defensores que terminan convirtiéndolas en ideologías, tal como sucedió con las teorías acerca de la economía y el cambio social formuladas por Marx (marxismo), o las propuestas por Comte (positivismo).

En el caso de la teoría de Malthus muy pronto surgió el maltusianismo, término con el cual se intentó aludir al conjunto de apreciaciones acerca de determinados fenómenos sociales sustentadas en el pensamiento de ése profesor inglés. Y todavía más pronto, el maltusianismo derivó en la creación de un calificativo peyorativo: maltusiano, que traducido al español común y corriente (aunque más corriente que común) sería algo así como “hijo de puta desnaturalizado e insensible proto nazi”.

Pues bien, desde una perspectiva maltusiana debo decir que estoy en contra del Teletón; ése sospechosista evento de caridad anual organizado por la televisora más grande e importante de México, culpable de la enajenación mediática y de la ridícula educación sentimental de varias generaciones de latinoamericanos y en general de hispano parlantes.

El objetivo del Teletón es recaudar fondos para la construcción de centros de rehabilitación para niños con alguna discapacidad, o “capacidad diferente”, para utilizar el terminajo que los adalides de la corrección política sugieren a fin de paliar la discriminación, como si con ello se pudiera cambiar de tajo la estructura mental de quienes tan sólo porque un hombre ayuda en la labores domesticas lo califican como “mandilón”, o porque una mujer invita a un hombre a tomar una copa la tildan de puta o “buscona”.

La intención del evento es buena. Hay que reconocerlo. Pero lo que hay detrás, es decir, la manipulación sentimental, la generación del sentimiento de culpa en los teleespectadores, la conversión del acto de caridad en oportunidad de promoción de la imagen personal y de proselitismo político, la posibilidad de deducir impuestos mediante donativos que por muy cuantiosos que puedan parecer, no rebasan el mínimo de la obligación fiscal que tendrían que cubrir muchas grandes empresas, es lo que me genera malestar.

Por supuesto que ayudar a niños con algún problema físico o mental que desde luego no eligieron padecer, es loable. Pero ¿qué tan prioritario puede ser ayudarlos si representan un porcentaje menor al 2% de la población de un país en el que más del 50% de sus habitantes están en condiciones de pobreza y más del 20% está en pobreza extrema, sobreviviendo con menos de un dólar por día? ¿por qué cientos de miles de personas acuden a hacer filas a un banco que no trabaja gratuitamente durante 48 horas continuas, para hacer un depósito, en lugar de detenerse menos de un minuto para sacar una moneda de su bolsillo y regalársela a quienes piden limosna en las calles? ¿por qué no hacer un evento de caridad para abastecer a los bancos de alimentos, o mejor aún, para financiar proyectos productivos que ayuden a determinados sectores sociales a superar la pobreza, la ignorancia y la desesperanza que padecen en forma cotidiana? O todavía más simple: ¿por qué no hacer un Teletón para ayudar a instituciones de asistencia como la Cruz Roja, cuyo personal prácticamente obra milagros diarios, al salvar la vida de cientos o quizá miles de personas más que con instrumental médico, con técnicas casi de taumaturgo debido al magro presupuesto de esa institución?

Lo reitero, no es que no considere importante ayudar a niños con discapacidades a rehabilitarse e integrarse al mundo relativamente normal, a fin de salvarse de vivir estigmatizados por el resto de sus vidas por una sociedad infame, proclive a etiquetar, descalificar y coartar oportunidades. Pero considero que existen prioridades todavía más importantes.

Por otra parte está la cuestión política de este asunto; es decir, la reafirmación de un televisora como el principal poder fáctico del país, capaz de convocar a los “representantes de la república” para refrendarle su lealtad disfrazada de donativo a una causa caritativa. Hasta el Presidente de la República, otrora figura respetada y respetable como la máxima autoridad, asiste a depositar una suma de dinero que finalmente es público, aunque sea parte de sus emolumentos por trabajar como gobernante.

Y ahí está el otro problema: presidentes municipales, gobernadores y funcionarios públicos de diferentes niveles, acuden a “mocharse” con dinero público, que se obtiene de los impuestos que el Estado cobra a los contribuyentes y hasta a los no contribuyentes, que son los niños de ocho años que al acudir a la tienda a comprar unas frituras pagan el impuesto al valor agregado, aun sin saber bien a bien qué demonios significa eso.

En suma, el Teletón es un evento que sirve para que un Estado que por principio debiera de ser soberano, le rinda pleitesía a un poder fáctico que manipula los sentimientos de la sociedad y crea la falsa percepción de ayuda y solidaridad para la autoredención personal, que es finalmente un acto de egoísmo puro.

Es un montaje a través del cual lo privado se impone a lo público y disculpa y arrebata a un Estado debilitado, como lo es el Estado mexicano, su carácter esencial como summa potestas, supremo poder, ignorando que la Constitución establece que: "Toda persona tiene derecho a : a) la protección de la salud; b) a un medio ambiente adecuado para su desarrollo y bienestar; c) a disfrutar de vivienda digna y decorosa... los niños y las niñas tienen derecho a la satisfacción de sus necesidades de alimentación, salud, educación y sano esparcimiento". (Por supuesto que todas estas garantías son una completa estupidez y una aspiración guajira, si se considera el grado de gobernanza que posee el Estado, pero son estupideces con grado constitucional, y por tanto deben de respetarse, aunque sea en la letra).

Y aquí viene la parte escabrosa: en términos de costo beneficio: ¿qué tan redituable resulta ayudar a niños que una estructura de oportunidades tan discriminatoria como lo es la del ámbito económico de México, les dificulta cualquier posibilidad de desarrollo? Ellos, hay reconocerlo sin ambages, nunca podrán alcanzar los niveles de productividad que sí alcanzan las personas “normales”, de lo que se sigue preguntar: ¿por qué una empresa que basa sus oportunidades de crecimiento en la productividad de sus empleados, se interesa en ayudar a niños a los que las otras empresas que participan con donativos en el evento de caridad que la primera organiza, nunca contratarán cuando adultos?

Reitero, y no por salvar la imagen –si es que tal pudiera tener- de gente bien pensante: no digo que no hay que ayudarlos, o que no sea importante hacerlo; digo que sería interesante reflexionar un poco acerca de lo que hay detrás del Teleton y de la irreflexión (o deliberada maquinación elaborada por un genio maligno agazapado detrás de un escritorio) de quienes acuden anualmente al llamado de Televisa, desde grandes empresas, pasando por políticos oportunistas que canalizan dinero público a un patronato privado, hasta ciudadanos de a pie manipulados mediante estímulos a sus sensibles fibras de culpa, que llegan al nivel del paroxismo cuando ven a Lucero llorar con impotencia porque a pocas horas de concluir el evento no se ha recaudado la cifra fijada.

Un amigo me decía en tono socarrón y de despiadado humor negro, que él había hecho un donativo al Teletón para sentirse en libertad de llamar “mongolitos” a los niños con problemas de retraso mental. Pero ahora comienzo a pensar que eso que él dijo en broma, mucha gente lo piensa en realidad. Como yo, que me hice socio de Greenpeace, sólo para sentirme con la licencia de dejar abierta la puerta del refrigerador y usar focos de luz incandescente.

Y bueno, con todo y lo maltusiano que ahora puedo parecer, considero que esos niños que son involuntariamente objetos de promoción de la manipulación sentimental de una sociedad sumergida en sus más oscuros reconcomios de culpa, tienen todo el derecho de existir y de ser reconocidos como personas, no diferentes, ni normales; como personas simplemente. Nada más. Pero nada menos.

7 dic 2008

Malthus y el Teletón I


Si hubiera que imaginar un infierno exclusivo para aquellos teóricos sociales execrados del paraíso de la corrección y la bondad política, debido a sus ideas radicales, revolucionarias o extremadamente realistas, Robert Thomas Malthus sin duda estaría ahí, discutiendo acaloradamente con Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes, Carlos Marx, Gaetano Mosca, Vilfrido Pareto y otros dos o tres más de cuyos nombres no me acuerdo por el momento.

Malthus, a menudo presentado como un monje perverso, autor de ideas inhumanas y malévolas, fue en realidad un profesor universitario de historia y economía política, que creció en el seno de una familia inglesa ilustrada.



Su padre fue amigo nada menos que de David Hume, el mayor exponente del empirismo inglés y uno de los pioneros y fundadores de la filosofía pragmatista.

El pequeño Robert creció escuchando discusiones filosóficas en el seno de la Ilustración. De hecho abrevó de las dos principales expresiones del movimiento ilustrado: la inglesa, expuesta por Hume y otros filósofos de tendencia liberal, como William Godwin; y la francesa, expuesta por Rousseau, Condorcet y Diderot.

Ya en edad de iniciar sus estudios universitarios fue enviado al St. John’s College de la Universidad de Cambridge, a estudiar economía. Al finalizar sus estudios, tres años después de iniciada la Revolución Francesa que provocaba terror en los miembros de la nobleza inglesa, no tanto por el riesgo de que corrieran la misma suerte que sus pares franceses cuyas cabezas terminaron rodando en los cadalsos instalados en el Palacio de la Bastilla, sino por la barbarie imperante en el continente, donde había sido necesaria una revolución para instaurar un régimen que Inglaterra tenía cuando menos un par de siglos de vigencia: la monarquía regulada.

En 1797 Malthus se ordenó sacerdote anglicano y durante sus años de formación teológica trabajó en la investigación y redacción de la obra que le ganó gran cantidad de acusaciones, improperios y condenas: El ensayo sobre el principio de la población, que vio la luz en 1978.

En ése libro, Malthus sostenía grosso modo una tesis muy simple y muy básica: que la población crecía mucho más rápido que los medios de subsistencia para sostenerla, lo que suponía la implosión periódica de crisis de subsistencia, que sólo podían corregidas si se consideraba que el crecimiento de la población era geométrico, mientras que el de los medios de subsistencia era aritmético. En otras palabras, que la capacidad de producción de alimentos nunca es suficiente para satisfacer al conjunto de la población, y que para corregir este desfase existían ciertos mecanismos naturales y sociales como la hambruna, las guerras y las epidemias, cuyo resultado es la disminución considerable de los índices de población y el relativo restablecimiento del equilibrio entre personas y medios de subsistencia.

Aunque Malthus trabajó en forma independiente y su tesis fue completamente original, sucedió que poco tiempo después de que se publicó su libro, se puso de moda la teoría de la selección natural, propuesta por Charles Darwin. Y posteriormente, su pensamiento que era original, fue calificado peyorativamente como darwinismo social.

Desde mi perspectiva las ideas de Malthus se enmarcan más bien en una tradición de pensamiento social y político conocido como realismo.

El realismo plantea mirar al acontecer social y a los fenómenos y problemas que lo componen tal como es, sin valoraciones ideológicas que predispongan al análisis y a la capacidad de diseño de salidas a determinados problemas.

En este sentido Malthus planteó algo muy simple aunque quizá un tanto insensible e inhumano, si se mira desde una perspectiva moral. Pero precisamente uno de los presupuestos del realismo es su amoralidad, su sustracción a cualquier consideración de tipo normativo o prescriptivo…

… en fin, que en estos días he estado releyendo al Malthus en un claro intento de autoreafirmación intelectual, a fin de no dejarme llevar por la frivolidad y la estrechez de lenguaje y de cultura que en ocasiones suele campear en las oficinas, por muy nice que éstas puedan ser.

Y sucede que por estos días tiene lugar un evento que bien podría ser analizado muy malthusianamente, sin miedo al qué dirán las mentes progresistas y políticamente correctas.

Sí, me refiero al Teletón. Ése evento organizado anualmente por Televisa para exhibir y reafirmar su poderío como el cuarto poder de este país de globos, bicicletas y avioncitos que se caen.

3 dic 2008

Froteurismo y política pública

Hace algún tiempo, cuando aún daba clases en la Facultad, sostuve una interesante y por momentos airada discusión con una colega que se pretendía a si misma feminista y defensora de las causas justas.

El motivo de esa controversia fue una editorial del semanario Desde la fe, publicado por la Arquidiócesis de México, en el que se invitaba a las mujeres a usar ropa menos "provocativa" para evitar así ser víctimas de delitos sexuales.

Mi aguerrida colega argumentaba que cada mujer era libre de vestirse como mejor le pareciera y que era bastante machista suponer que las mujeres eran violadas porque provocaban a los hombres usando minifaldas.

Aunque yo estaba de acuerdo con el punto esencial de su argumento, que es la libertad individual, me molestó su indignado y bien ensayado tono de feminista políticamente correcta. De modo que fiel a mi insana costumbre, asumí el papel de abogado del diablo y defendí lo indefendible: el hecho de que el uso de la minifalda era finalmente la aceptación de un patrón cultural que cosificaba a la mujer precisamente mediante el uso de una prenda de vestir diseñada explícitamente con el fin de exhibir, para encontrar su complemento en la admiración, o bien, en la simple fisgonería por parte de los individuos del sexo opuesto.

Desde ése momento me convertí para ella en un asqueroso cerdo machista y misógino. La verdad es que su posición era irreductible y si bien no soy misógino, sí detestó la estupidez, tanto la propia como la ajena. Y eso me impidió clarificarle mi punto.

No es que yo esté en la misma posición de los tipejos barbajanes que miran a las mujeres como objetos de placer sexual. Pero si soy de la opinión de que si vamos a acusar con el índice flamígero, habría que hacerlo con pleno conocimiento de causa y no como un acto de corrección política con el fin de cosechar aplausos fáciles.

En el tema de la violencia sexual, que es preocupante y lamentable, hay muchos factores que inciden en su causalidad y no sólo los deseos febriles mal controlados de algunos precoces simios en celo, que se excitan mirándole las piernas a las mujeres.

Detrás de esas conductas y actitudes hay un transfondo cultural, y por tanto social, al que todos hemos contribuido. Y pues ya si de reclamar y echar culpas se trata, entonces habría que pasarle la factura a la industria cultural que ensalza la voluptuosidad, el placer y la cosificación de las relaciones sexuales, por muy conservador que esto pueda parecer.

Habría que culpar a los editores y reporteros de revistas que incluyen artículos del tipo “Cómo seducirlo en 10 sencillos pasos” o “Como retardar la eyaculación y prolongar el placer”.

Habría que culpar también a la industria sexual filial de Televisa, que cada cinco minutos incluye en la barra de anuncios publicitarios del prime time, la promoción de los condones y suplementos “M-Force” para sientas más tú y ella, en un claro lavado de cerebro a la runfla de imbéciles inseguros que fincan en el sexo la continuidad de sus relaciones afectivas y su "prestigio" social.

Y ya encarrerados, pues habría que acusar a los compositores de canciones sexosas como “El listón de tu pelo” o “La vecinita tiene antojo”; a las películas de ficheras con todo y Alfonson Zayas incluido, a los editores de historietas del tipo “Sexacional de mercados” y en general al modelo estético impuesto desde los medios de comunicación.

Pero no. No los culpamos porque hacerlo sería tanto como promover la censura, impulsar el atavismo de la ultraderecha conservadora y despojar de su discurso progresista a una izquierda tan mojigata que se ha dedicado a cerrar bares y centros nocturnos, a prohibir uno de los placeres no sexuales y menos riesgosos como lo es el hábito de fumar.

El manejo de la sexualidad en esta era del vacío, como diría Lipovestki, es pésimo y su recepción en una sociedad doble moralista como la nuestra ha sido aprovechada tanto por los santurrones que violan niños en los confesionarios, como por los progresistas que golpean a sus esposas y las feministas que son posesivas, sumisas e insoportables.

Una clara muestra de ello es el nuevo castigo incluido en el Código Penal del Distrito Federal, que establece una multa de 12 mil pesos o 6 años de cárcel a quien roce con la mano o con la cadera el trasero de una mujer (el texto del Código dice técnicamente glúteo, en un claro ejemplo de mojigatería) en el sistema de transporte colectivo Metro.

Por principio ésa medida pudiera parecer absurda y desproporcionada. Pero las situaciones de acoso sexual que se viven cotidianamente en ése sistema de transporte la hacen comprensible, aunque no del todo. Digo, vivimos en México, donde la ley se ha hecho explícitamente o para ser violada -a propósito del tema- o para ser comercializada. Y a eso hay que agregarle la típica característica de la ambigüedad, que la hace objeto de múltiples interpretaciones, cada una a conveniencia de quien pretenda sacarle provecho.

Desde antes de que se publicara esa penalización ya se habían documentado casos de extorsión cometidos por bandas organizadas de mujeres coludidas con policías y ministerios públicos.

Así que con todo y que fue una medida aplaudida que sirvió para que los legisladores del Distrito Federal se construyeran una imagen progresista y comprometida con las cuestiones de género y tal, en realidad ayuda muy poco.

Dejando de lado el hecho de que el acoso y los toqueteos son en realidad el reflejo de un problema cultural relacionado con todos los factores mencionados líneas arriba, pienso que no se le ha dado el tratamiento adecuado como problema público y por tanto no se han diseñado políticas públicas viables.

A mi sólo se me ocurre preguntar: ¿no será más fácil, eficiente y seguro destinar trenes exclusivos para las mujeres durante las horas pico, en lugar de abrir la puerta a los excesos y al entorpecimiento del de por sí lento sistema judicial que primero dispara y luego verigua? ¿No podría destinar el Gobierno del Distrito Federal algunos de los espacios publicitarios de los andenes, a promover campañas de respeto a la dignidad y libertad de las mujeres de vestirse como mejor les plazca, o no vestirse si no quieren?

Y acerca del tema de la violencia sexual en general, soy un tanto pesimista. Pienso que en el corto plazo se puede hacer muy poco, sobre todo si el infantilismo del feminismo y del machismo continúan intentando polarizar a la sociedad.

Lo que sí se puede hacer es comenzar a definir políticas de Estado, esto es, proyectadas a largo plazo, que regulen los contenidos en los medios de comunicación relacionados la sexualidad, reformas reales a los programas y planes de estudio para que el tema de sexualidad sea tratado en su justa dimensión de aspecto esencial de la vida humana, y no demonizado o exaltado irreflexivamente.

Pero desde luego, eso no es redituable políticamente, no genera muchos votos y no luce tanto. Así que por el momento continuará siendo una simple aspiración.

1 dic 2008

Obama, Hillary y el límite de la esperanza

Para quienes veían en Barack Obama al Ungido que impulsaría la construcción de un nuevo orden mundial, donde la paz, la estabilidad, la justicia y la felicidad dejarían de ser quimeras para convertirse en aspectos perceptibles de la vida cotidiana, el nombramiento de Hillary Clinton al frente de la Secretaria de Estado seguramente no les cayó nada bien.
Aunque política y económicamente es comprensible el nombramiento de la Senadora por Nueva York, sobre todo al interior de los Estados Unidos, existe cierta dosis de desencanto para el resto del mundo. Sobre todo para quienes pensaron con cierta ingenuidad que el triunfo electoral de Obama significaba el fin de la política imperialista desplegada por los norteamericanos prácticamente desde que asumieron su independencia.
En política lo que verdaderamente cuenta son los arreglos y las negociaciones que permitan conducir los asuntos públicos con cierto margen de maniobra y estabilidad.
Considerando que buena parte del electorado y de la clase política norteamericana no es del todo liberal y más bien demasiado pragmática, se entiende que el nombramiento de Clinton en la cartera más importante del gabinete presidencial fue una concesión para aquellos sectores que verdaderamente pesan en la configuración de la gobernabilidad de los Estados Unidos. Se envío así un mensaje de tranquilidad tanto para los mercados como para los grupos políticos cuyos intereses dependen directamente de las gestiones de la Secretaría de Estado.
Así que quienes echaron las campanas al vuelo con la victoria de Obama, este es un buen momento para que rectifiquen en sus apreciaciones y no queden como unos ingenuos optimistas.
En fin, quisiera escribir más, pero el tiempo se ha vuelto escaso.
Un saludo para quienes aun me leen.