18 jun 2009

De una pregunta y una respuesta (II)

Honestamente no entiendo por qué las personas conectan su vida a un piloto automático que las conduce invariablemente por la misma ruta: nacer, crecer, reproducirse y morir.

De esos cuatro puntos del trayecto vital, tres están más allá de nuestra voluntad, siempre y cuando no seamos unos suicidas en potencia, porque entonces uno de ellos, que es el morir, reduciría la cuenta a sólo dos. No obstante, con todo y lo horripilante que pueda ser la vida según el Sino personal, nos aferramos a vivirla y no deseamos morir, no cuando menos durante algún otro momento que no sea la vejez, donde más que no desear morir, nos resignamos a aceptarlo como un hecho inevitable.

Decía pues que nacer, crecer y morir son aspectos de la existencia en el mundo que en buena medida son ajenos a nuestra voluntad y más bien la someten. Pero reproducirse, con todo y las explicaciones filosóficas, psicoanalíticas y religiosas que puedan justificarlo, es algo que sí está en nuestro radio de decisión y es producto de nuestra voluntad.

Siendo así, no entiendo por qué hay que someter al escrutinio de los demás una decisión que debería ser íntima, personal y voluntaria.

Casarse y tener hijos es algo bien visto e incluso considerado como el punto culmen de un buen proyecto de vida. Pero hacer lo contrario, es decir, permanecer soltero, es algo reprobable y condenable socialmente, máxime en el caso de las mujeres.

Ahora que la modernidad ha calado un poco en la estructura mental del conjunto de individuos que integran las diversas sociedades del orbe, ya se puede escoger a la pareja e incluso esperar un lapso de tiempo razonable para consumar el acto del matrimonio. Pero anteriormente éste era asunto que competía determinar a los padres de los eventuales novios y la edad no era ningún problema, se podía comprometer incluso a un no nato.

Pero el punto acá es precisamente la aprobación social del matrimonio como un compromiso que todo hombre y mujer deben de cumplir para considerarse y poder ser considerados por los demás, como plenos y “realizados”.

Quienes están al margen de esa norma son considerados desadaptados, amargados o antisociales incapaces de establecer relaciones afectivas de largo plazo.

Sin embargo me parece que el estigma es demasiado injusto. Sobre todo considerando que el vínculo principal del matrimonio debe de ser el amor que, en caso de existir como tal, precisa de vocación.

Así como en otros aspectos de la vida se necesita una inclinación natural o simpatía hacia cierta actividad, así también para vivir con alguien más se necesita de la vocación para amar, por muy ridículo que esto pueda parecer.

Pero el problema, el desafortunado problema que explica que muchas relaciones fracasen y debiliten el tejido social (¡ah! ¡pero qué payaso se leyó esto!), y que explica a su vez la disfuncionalidad de muchas sociedades, es el hecho objetivo de que no existe ésa vocación para amar. Cuando mucho puede existir pasión, deseo, atracción; pero todo eso es finito, acaba después de algún tiempo, pasado el cual viene la separación, y el punto de inicio un nuevo ciclo de equivocaciones.

En lo personal considero que no tengo la vocación para amar, pero confieso que admiro a quienes realmente la tienen porque es realmente una fortuna aprender a convivir, a padecer y a disfrutar a una sola persona durante toda una vida… ¡toda una vida!

Como no tengo ésa vocación, obviamente tampoco tengo el ánimo para conectar mi vida al piloto automático para fingir una satisfacción que no será tal.

No se trata de una cuestión de egoísmo, inexperiencia o desorientación propia de la edad (hay gente de 20 años o menos que se casa –o se tiene que casar- y no sé qué tan orientada y/o conciente pueda ser).

Se trata más bien de una cuestión de reflexión y de disposición: si sé que no tengo buenos reflejos, que soy torpe con las banderillas y que me siento ridículo con el traje de luces, entonces no tengo vocación de torero.

Así también: si sé que mi carácter no el más propicio para una relación afectiva, y que no tengo ni las ganas ni la disposición, ni el tiempo para tener que soportar a alguien durante toda la vida, entonces hacerlo sólo por seguir un patrón sería perder mi tiempo y hacérselo perder ingratamente a alguien más.

Pero también está el otro lado del asunto. La vida, las circunstancias o un Dios bueno, omnipotente y omnisciente nunca deja las cosas incompletas o asimétricas; de manera que la ausencia de una aptitud se compensa con la presencia de otra diferente.

Así pues, quienes no tenemos la vocación para amar tenemos otro tipo de vocación igual de importante aunque no así valorada por los demás.

Piénsese por ejemplo en los sacerdotes, las religiosas o los filántropos. Ellos tienen un tipo de vocación que no necesariamente congenia con la vocación para el amor de pareja, pero no significa que estén privados de la capacidad para desarrollar afectos hacia los demás.

En mi caso particular pienso que no tengo la vocación para amar; pero tengo la vocación para pensar, cuestionar, escribir idioteces, llevarle la contra a la gente y desarrollar un discurso desafortunadamente atractivo para algunas personas.

Esa es mi vocación y me gusta. Aunque también soy conciente del enorme poder de la contingencia y no me niego a la posibilidad de que algún día pueda sucumbir ante una sonrisa o una mirada.

Eso fue lo que le dije a la familia en pleno el fin de semana y confieso que me hubiese gustado cerrar mi discurso con una frase de Heinrich Heinz que me gusta mucho: Dios me perdonará, es su oficio.
P.S Por si hubiere alguna duda lo aclaro: me gustan las mujeres. Soy medio torpe para tratarlas, pero me gustan.

15 jun 2009

De una pregunta y una respuesta

Si hay algo peor que tener que conducir desvelado, cansado y medio crudo (física y moralmente), por más de tres horas por una carretera sinuosa un sábado por la mañana, no lo es el riesgo que ésas curvas significan en un momento en el que no se sabe si lo que se tiene es sueño, sed, calor, gastritis o el preludio de una crisis existencial por algo que no debió haber sucedido (o que quizá sí, aunque lo más seguro es que quién sabe), pero que sucedió de todos modos. Y no, eso no es lo peor.

Lo peor es tener que llegar, después de más de tres irritantes y angustiantes horas de intentar vencer al sueño y a los pensamientos que impedían concentrarse en el camino (y en los hondos barrancos recubiertos de exuberante vegetación que lo flanqueaban), a una reunión familiar en la que está presente la tía insufrible que existe en toda familia numerosa como lo es la del pobre y acongojado mortal autor de estas líneas.

Sí, me refiero a ésa tía que piensa que su vida es un modelo de perfección que debe ser seguido por los demás, y que para más INRI de la situación, tiene el extraño don de la percepción del estado de ánimo, las penas y las alegrías de quien se le ponga en frente y lo que es más importante, de exhibirlo frente a toda la concurrencia.

Pero lo más peor de lo peor es tener que sortear la infame pero invariable pregunta que ésa tía que se cree perfecta suelta durante la hora de la comida, cuando están sentados a la mesa los demás tíos, primos y hermanos. Ésa miserable pregunta es: “¿y cuando piensas casarte hijo?”

Fiel al espíritu de unidad que debe prevalecer en toda familia, siempre había respondido muy cortésmente que ya pronto habría de dar ése paso, que ya tenía una prospecta, que estaba muy enamorado de ella y que sólo esperaba el momento preciso para plantearle la propuesta. Pero antes de todo eso tenía que justificar lo que había pasado con la prospecta anterior, es decir, por qué la relación no había funcionado y cómo se había terminado, para que, inmediatamente después del relato, todos me dieran sus consejos para mejorar en mi próxima relación, desearme mucha suerte y pasar a fastidiar al otro miembro de la familia que anduviese en “malos pasos”.

Sin embargo ésa tarde de sábado decidí ofrecer otra respuesta, mi auténtica respuesta de hecho.

Quizá fue por el calor de los mil demonios que se sentía a ésa hora, o por las ganas constantes de irme a dormir, o los pensamientos que ocupaban mi mente, el punto es que decidí enfrentar a la familia en pleno y plantear mi perspectiva del aspecto afectivo de la vida, de mi propia vida.

Creo que lo hice tan bien, que cuando menos me ahorraré las próximas dos o tres reuniones familiares.

Pero de ésa respuesta escribiré en el siguiente post para conservar el suspense.
Un saludo para quienes me leen, gracias por hacerlo.

14 jun 2009

De la solitud y otras palabras raras

Además de la incontenible carga de trabajo, que cada día aumenta más y más en proporción inversa con la paga, una de las razones por las que había dejado de escribir había sido la falta de interés en hacerlo. Mi mente entró en una especie de stand by que me daba miedo, porque podía significar que el magnetismo de la frivolidad por fin me había atrapado y que en adelante sería una especie de Frederick Beigbeder región 4, escribiendo sobre mis desventuras existenciales urdidas en los bares de Polanco y las tiendas departamentales.

No obstante, en todo este tiempo algo que me consolaba y tranquilizaba era que mi gusto por la lectura se había conservado intacto; en el lapso de casi mes y medio que dejé de escribir aquí, leí tres buenas novelas y un estudio acerca de la formación histórica del sistema político mexicano. Así que si en algún momento me habría de volver un yuppie mamertin estilo Niño Verde (que Dios me perdone por la comparación), cuando menos emplearía palabras rebuscadas tales como “punzante”, “inveterado” y “anacoluto”.

Y es que por más que lo intentaba, nomás no se me ocurría nada y tampoco nada me inspiraba a escribir, ni siquiera nuestro cada día más decadente sistema político o la alarmante crisis, o la apocalíptica epidemia de influenza humana.

Pensaba que la inspiración o el mero gusto por escribir me habían abandonado, pero ahora he comprendido que no era eso; que no se trataba de un momento de sequía creativa sino la falta de un momento de solitud, que no de soledad, porque son dos cosas distintas.

La solitud es ése momento de intimidad con uno mismo que necesariamente mueve a la reflexión, al contrario de la soledad que es simplemente la ausencia de otros a nuestro alrededor.

La solitud podría definirse con las palabras que empleo Caton para referirse a si mismo:
Nunquam se plus agere quam nihil cum ageret, nunquam minus solum esse quam cum solus esset.

Nunca está un hombre más activo que cuando no hace nada, nunca está menos sólo que cuando está consigo mismo.

Al tener ese momento de solitud caí en la cuenta de que, en efecto, estaba perdiendo ésa vena intelectualoide a partir de la cual he podido expresar mis opiniones y mis reflexiones, pero sobre todo, a partir de la cual puedo entenderme y asumir en mi propia singularidad un tanto complicada y sórdida pero enteramente satisfactoria para mi mismo.

A partir de ése momento las ideas regresaron, emergieron de aquel insondable lugar de mi cerebro al que iban ido a parar, en espera de ser llamadas nuevamente para tomar la forma de palabras y salir al mundo exterior.

Sólo espero tener el tiempo necesario para ponerlas por escrito y compartirlas aquí con quienes tengan la gentileza de leerlas.

Por cierto, un saludo para los fieles seguidores de este espacio, que son pocos pero sectarios.

12 jun 2009

Y cómo no te voy a querer

Definitivamente este ha sido un buen año para mi alma mater, la Universidad Nacional Autónoma de México. Se ha posicionado como la universidad más importante de Iberoamérica en los rankings mundiales, ganó el campeonato de la primera división del fútbol profesional y recientemente ha sido galardonada con el premio Príncipe de Asturias en Artes y Humanidades.

En otro país que no fuera México, los logros de una universidad pública que se posiciona por encima de prestigiosas y antiguas universidades europeas sería motivo de orgullo nacional. Pero aquí, en esta sacrosanta tierra mesoamericana en la que el culerismo define buena parte del ethos de sus habitantes, la noticia de que la UNAM fue reconocida con un preponderante galardón, ha sido motivo de comentarios de diversa índole, que van desde la simple descalificación de la calidad del premio, hasta la repetición de lugares comunes y la exhibición de la más baja calidad humana y resentimiento social.

Uno de nuestros grandes problemas como nación es la animadversión hacia los logros y el progreso de nuestros propios connacionales, fundado en el simple hecho de que quienes han triunfado y avanzado han sido ellos y no nosotros, aunque en el fondo seamos los mismos. De ahí que se nos dé en forma muy natural la descalificación y el desconocimiento.

Entre vecinos y conocidos es muy común la situación que he descrito un tanto rebuscadamente líneas arriba. Si alguien se compra un auto nuevo o se consigue un mejor puesto de trabajo, inmediatamente adjudicamos su logro a un factor negativo y hasta tratamos de boicotearlo o aprovechamos un momento en la oscuridad para, a escondidas, rayarle el coche o sacarle el aire a las llantas.

Somos muy dados a calificar, o más bien a descalificar, antes que a reconocer con humildad y buena fe los logros de los demás.

Así en el caso del reconocimiento que recibió recientemente la Universidad, ha sido lugar común en los foros de los periódicos de circulación nacional, leer comentarios rijosos en tono de descalificación, particularmente de personas de las que se percibe que su principal pasatiempo es fastidiar a las demás y tratar de alimentar la polarización y el encono.

Pero no es eso lo que quiero comentar en este texto, sino más bien desmentir un poco todos aquellos estereotipos que se han construido en torno a la Universidad y los universitarios; aunque en estricto sentido no merecería la pena hacerlo, pues son los propios hechos los que los desmienten.

Quizá el lugar común más común, válgase el redundar, es que en la Universidad se forman puros agentes subversivos, guerrilleros y huelguistas. Pero la verdad es que en un espacio plural, donde lo esencial es el respeto a la libertad del pensamiento y las ideas de los demás, cada cual es libre de adoptar las ideas que más le plazcan y actuar en consecuencia.

En los años setenta hubieron guerrilleros urbanos, principalmente en Monterrey, que no estudiaron en universidades públicas, sino en aquellas privadas dirigidas por la Compañía de Jesús, como fue el caso de algunos miembros de la Liga 23 de Septiembre.
Cierto, en la Universidad hay profesores que confunden la docencia con el adoctrinamiento y quizá son los responsables de que alumnos con anteojeras ideológicas radicalicen su pensamiento. Pero en un universo de más de 300 mil estudiantes y 18 mil profesores, no representan una cifra significativa. Lo que sucede es que algunos medios de comunicación se han encargado de hacerles más publicidad de la debida.

Luego está el otro lugar común de que los egresados de la Universidad no son contratados por las empresas privadas. Pero eso es absolutamente falso, y para muestra yo mismo. Trabajo en una de las pocas empresas mexicanas privadas verdaderamente transnacionales, con presencia en más de cincuenta países, haciendo análisis político directamente para el cuerpo directivo, integrado por vicepresidentes regionales y la presidencia general.

Lo que es más, soy el único egresado de la UNAM y la diferencia cualitativa con mis compañeros de oficina en cuanto al nivel cultural, capacidad de expresión oral y escrita, destreza analítica y conocimientos profesionales es –modestia aparte- más que evidente; mi perfil es crítico sin ser subjetivo, lo que permite observar algunos matices de la realidad política que ellos ni siquiera identifican y mi conocimiento de algunas de las teorías políticas más importantes me permite tener un panorama mucho más amplio, que me coloca en la posición de ofrecer información sistematizada y puntual para la toma de decisiones que implican cuantificaciones financieras muy importantes. Y para hacerlo no tuve que ir a gastar 1000 dólares en un diplomado en análisis estratégico al Tecnológico de Monterrey.

Otro cliché es que los universitarios somos rijosos y agitadores. Y aquí creo que se confunde precisamente el perfil crítico que la Universidad en tanto nacional, le otorga a todos sus egresados precisamente para que sean capaces de procesar la realidad y generar propuestas de solución a los problemas que la aquejan.

Médicos, ingenieros, odontólogos, actuarios, todos los universitarios de cualquier ámbito de conocimiento somos capaces de hacer lo que otros profesionistas formados en otros centros de estudio no lo son: pensar, usar el cerebro para algo más que aplicar en forma acrítica e instrumental los conocimientos adquiridos.

Cierto, como en todos las esferas de la vida social, en la Univesidad hay tanto buenos como malos estudiantes, profesores y egresados. Ya lo dice la inscripción en la entrada a la Universidad de Salamanca, lo que natura non da, Salamanca non presta; que en castellano quiere decir que la universidad no quita lo pendejo.

Pienso que quienes critican y denuestan a la Universidad no la conocen, no saben cómo funciona, y cuál es su función fundamental, que no es, como se pudiera pensar, impartir conocimiento, sino difundir valores. La esencia de la UNAM es precisamente ésa: difundir la libertad, el respeto, la tolerancia, la lealtad, el compromiso.

Es curioso observar que los críticos más acérrimos de la Universidad se identifican con el Partido Acción Nacional, que a últimas fechas ha mostrado una marcada indiferencia hacia la UNAM debido a que sus actuales cuadros dirigentes y gobernantes se formaron en escuelas privadas. Pero sería bueno hacerles saber que el proyecto liberal en un principio definió a su partido surgió de la Universidad, y para más señas, del rector que logró su plena autonomía: Manuel Gómez Morín.

Con todo, es un gran orgullo y una enorme satisfacción saber que pertenezco a la comunidad universitaria, que tuve la oportunidad de impartir clases en sus aulas y que ahora trato de enaltecer su nombre siempre que la ocasión lo permite.

Simplemente es el orgullo de ser UNAM.

11 jun 2009

Who wants to be a millionaire?

Supongo que en algún momento de mi formación profesional me volví elitista en cuestiones culturales; o quizá es a mi perfil académico al que quiero culpar por un rasgo que es propio de mi personalidad y que había aguardado durante algún tiempo para poder mostrarse en todo su arrogante y no siempre simpático esplendor. El punto es que desde hace mucho tiempo me volví demasiado exigente en mis gustos cinematográficos.

Cierto, de vez en cuando me gusta pasar un rato agradable mirando alguna película gringa con muchos efectos especiales, presupuestos millonarios, actores famosos y clichés bastante predecibles.

Sin embargo, las más de las veces que se presenta la oportunidad de ir al cine, rentar una película o comprarla en algún puesto callejero, me gusta mirar historias diferentes a los enredos amorosos protagonizados por Sandra Bullock y Hugh Grant, o de los gags cómicos de los hermanos Cohen. Quizá sea por eso que sólo me gusta ir a un cine de la cadena Lumiere en el que proyectan pelis que al común de los mortales le parecen somnolientas. Y también debe ser por eso que cuando voy al Blockbuster tardo demasiado tiempo en escoger un par de títulos de los cuales sólo uno habrá de gustarme.

Esto último es precisamente lo que me ha animado a escribir estas líneas: una buena película.

Sucede que el miércoles por la noche, en previsión de que en la televisión sólo darían el aburrido partido de fútbol México-Trinidad y Tobago, decidí pasarme por el videoclub.

Los títulos que escogí fueron “Sí señor”, protagonizada por Jim Carrey (y desafortunadamente doblada al español por el insufrible Eugenio Derbez); y “Slumdog millionaire” dirigida por el gran Danny Boyle.

Por sentido común decidí poner primero la peli de Jim Carrey, pero a los pocos minutos me pareció demasiado ligera y decidí que sería mejor verla el fin de semana, ya más relajado. Así que decidí poner “Slumdog millionaire”, de la cual ya había escuchado excelentes críticas, pero por alguna razón no me había animado a mirarla en el cine. Sin embargo ahora que la he visto he quedado gratamente satisfecho porque ¡qué gran historia!

Para quienes no la han visto haré una sinopsis muy breve. Es la historia de tres niños musulmanes que viven en Bombai: Salim, Jamal y Latika, quienes pierden a sus padres durante una de las incursiones de grupos extremistas hindúes a los barrios bajos habitados los sunítas, y a partir de ése momento inician una odisea contemporánea que se sucede en los escenarios más paupérrimos de distintas localidades de la India, mientras ellos, los niños, van transitando hacia la juventud.

En el fondo se trata de una historia de amor -diría incluso que de amor auténtico en caso de que tal sentimiento existiese- entre dos de los protagonistas, Jamal y Latika.

Y aunque ése el hilo conductor de toda la trama, lo sorprendente de esta película es la capacidad para transmitir un mensaje tan antiguo como carente de credibilidad en este momento en el que el nihilismo impulsado por la economía de mercado ha pretendido hacernos creer que en lo único que se puede creer –válgase el redundar- es en lo material y tangible que paradójicamente sólo puede proporcionarlo una representación simbólica como lo es el dinero.

El mensaje que transmite Slumdog millionaire es que más allá del dinero, que es tanto más deseable por cuanto permite salir de la miseria, propiciada por un sistema de distribución desigual de los beneficios del libre mercado, aun es posible creer en algo tan intangible, simbólico y espiritual como lo es el amor; pero no sólo en el amor eros, que en tanto relacionado con el deseo también se ha vuelto un producto de consumo, sino también y principalmente del amor filos, el que se surge por un vinculo inmaterial y por tanto irrespresentable, como lo es el amor del hermano (Salim) dispuesto a sacrificarse por la felicidad del otro (Jamal); o como el amor de Jamal por Latika, que permanece latente a pesar de las circunstancias adversas -haciéndonos recordar la famosa premonición paulina presentada en la carta a los corintios, acerca de que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta- para triunfar al final, permitiendo a los amantes por fin estar juntos.

Embarrada de la suciedad y el hacinamiento de los barrios bajos de Bombay, Slumdog millionaire es un moderno cuento de hadas que a Charles Dickens le hubiera fascinado narrar y a Ismael Rodríguez, legendario director de “Nostoros los pobres”, protagonizada por Pedro Infante, le hubiera provocado un llanto incontenible.

Definitivamente una gran historia, sólo empañada por ése horrible baile grupal con el que se proyectan los créditos en la pantalla al final de la trama, que nos hace rememorar un video ochenteno de Michael Jackson. Pero fuera de eso, es una película ampliamente recomendable que nos conduce de la risa a la angustia y a la ternura de una forma magistral. Y como toda buena historia de amor, nos deja sólo con la imagen idílica de la pareja feliz, obviando los detalles de la realidad cotidiana en la que con el paso del tiempo los amantes devienen en gordos sedentarios, carentes de todo apetito sexual.

En fin, que no le quiero quitar la parte bonita al texto con mis estrambóticas teorías. Hay que mirar Slumdog millionaire a la primera oportunidad, nada más.

8 jun 2009

Disfrazar la apatía, o de cómo (des)legitimar a las minorías

Habrá quien reconozca su producción literaria como magistral, talvez por genuino gusto y conocimiento de sus enrevesadas y pretensiosas formas sintácticas, y habrá quien lo alabe sólo porque ha recibido un Premio Nobel, el punto es que José Saramago ha vuelta a la palestra política de nuestro país. La primera vez que lo hizo fue cuando le externó sus simpatías al “subcomandante Marcos”, que imbuido en su narcisismo intelectual, no tuvo ni siquiera un mínimo gesto de agradecimiento.

Ahora Saramago vuelve a ser sujeto de menciones en las charlas de sobremesa y en los artículos periodísticos, porque en una de sus novelas -que debo confesar sin ningún dejo de pena o vergüenza que no he leído, porque después de “El Evangelio según Jesucristo” y “La Caverna” terminé aborreciéndolo y considerándolo el Arjona de la literatura; perdónadme ortodoxos, pero eso es lo que pienso y no me arrepiento- hay un llamado al voto en blanco, como una forma de expresar el descontento hacia la degeneración del modelo democrático occidental, o por lo menos eso es lo dice el reseñista que leí esta mañana.

A menos de un mes de las elecciones federales intermedias, en las que se renovará la integración de la Cámara de Diputados, ha cobrado fuerza en los círculos intelectuales y político-partidistas, el debate acerca del voto en blanco; tan ha sido así, que existe una enorme confusión entre el significado del voto en blanco y el voto nulo, que son dos cosas totalmente diferentes.

El voto en blanco es un mecanismo de participación que otorgan algunas legislaciones elctorales para los ciudadanos expresen su desacuerdo o insatisfacción con las opciones políticas existentes, tiene valor estadístico y en ocasiones hasta puede ser determinante para la validez de una elección, aunque esto último sólo se tiene contemplado en la legislación, porque en estricto sentido no ha habido hasta ahora una experiencia en la que el porcentaje de votos en blanco haya sido tan alto como para declarar inválidos unos comicios.

El voto nulo, por otra parte, es resultado de la torpeza del votante al momento de sufragar, o bien, de su desconocimiento acerca de la carencia de validez de un sufragio así emitido.

Un voto se puede anular desde el momento en el que una de las líneas del tache (x) por la opción elegida rebasa el recuadro asignado al logotipo de dicha opción; o bien cuando se escribe una muy sentida mentada de madre hacia algún candidato ocupando todo el espacio de la boleta.

En términos estadísticos el voto nulo no tiene eficacia, precisamente porque es nulo; de manera que para determinar la validez de una elección sólo se cuentan los votos efectivos.

Así las cosas, ¿cuál sería la opción en México de cara a la elección de Julio próximo: anular el voto o votar en blanco?

Desafortunadamente ni la primera ni la segunda, sino todo lo contrario. En México no existe ninguna disposición en la legislación electoral que otorgue validez a los votos en blanco y, estadísticamente, resulta muy difícil diferenciar entre un voto anulado por voluntad propia del elector de uno anulado por su torpeza a la tachar la boleta.

Pero eso sí, votar en blanco o anular el voto dejaría en posibilidad de que quienes definan la elección sean las minorías que acudan a votar por X o Y opción. Y aquí es donde radica el gran riesgo y la irresponsabilidad del llamado a anular el voto, protagonizado por la siempre políticamente correcta e impoluta intelectualité progresista de este maravilloso país de globos, bicicletas, avioncitos que se caen y gripes porcinas.

Anular el voto o votar en blanco es como no haber acudido a votar, y en ése caso, es mejor quedarse en casa para no alterar el estimado de abstención, que rondará por ahí del 60% del padrón electoral.

Y he aquí otra razón más para no hacer caso a ese llamado tan heroico: si de por sí el porcentaje de abstencionismo indica que de cada 10 electores sólo cuatro decidirán, la anulación del voto reduciría aun más esa proporción, sólo tres de 10 electores decidirán por una inmensa mayoría, mientras que uno irá ingenuamente a hacer nada a la casilla; o más si hará algo, acudirá a legitimar a las minorías decidiendo por las enormes mayorías valemadristas.

Lo que menos necesita el país en este momento es un déficit de legitimidad de sus instituciones, que está por encima de los individuos que las hacen operar. Manlio Fabio Beltrones puede ser un mafioso, Peña Nieto un frívolo y Calderón un pelmazo, pero son lo que tenemos y si nos ponemos rigorosos con nosotros mismos, son lo que nos merecemos.

Si vamos a las urnas y votamos por alguno de ellos, así de dientes para afuera, podremos exigirles cuentas, acciones de gobierno eficaces y leyes acordes a la realidad del país. Y ellos, con todo lo poderosos que nos puedan parecer, se verán presionados a rendir cuentas.

Lo más fácil es ponerse la chaqueta de ciudadano digno, informado, ético y responsable, como lo hacen los promotores del voto nulo; pero ¿y después qué? ¿Quien hará la chamba que hacen esos políticos vapuleados? ¿Carmen Aristegui? ¿José Antonio Crespo? ¿Jacobo Zabludovsky? ¿Alejandro Martí?

No lo creo y tan sólo imaginar a Aristegui como secretaria de Gobernación me causa calosfríos.

Así que mientras no haya quien quiera asumir la responsabilidad de actuar políticamente, no hay más que echar mano de lo que tenemos.

Es terrible, lo sé; pero podrá ser pior si no vamos a votar o si anulamos el voto con un muy sentido aunque procaz “Peje, vas y chingas a tu madre”.

6 jun 2009

Reinvención y cambio de piel

En tanto conjunción de materia y energía que conforma horizontes de sentido hacia los cuales encaminamos nuestra existencia, la vida nos enseña una lección muy importante: ésta es que nada permanece estático, que todo cambia, se transforma.

Los cambios pueden ser graduales o espontáneos según se los quiera ver o según sea la materia sujeta a la transformación. Nacer, crecer y morir es para los hombres un proceso generalmente largo, pero en ocasiones contingente.

La evolución del Universo desde una pequeña concentración de energía hasta la inconmensurable expansión en la que ahora se encuentra, ha sido un proceso que ha requerido una gran cantidad de tiempo desde la perspectiva finita de quienes sólo estamos un poco, casi un instante, existiendo en un pequeño grano de arena que representa nuestro planeta en la inmensidad de formas estelares; pero quizá ha sido precisamente un instante desde otra concepción de la temporalidad.

En un nivel tanto más aterrizado, en el ámbito de la conducta y las costumbres de los hombres y los pueblos, la noción de civilización simplemente no existiría si los conglomerados humanos permanecieran inermes, sujetos y preocupados tan sólo por la satisfacción de las necesidades vitales básicas. Pero como no es así, la vida humana ha evolucionado desde las remotas y toscas figuras antropoides que se refugiaban en las cavernas, siguiendo los impulsos de sus sentidos, hacia personas autoreflexivas, concientes del poder del pensamiento y la palabra, que pueden preguntarse por su origen, misión y destino en el mundo, para descubrir al cabo de un momento de haber iniciado sus elucubraciones, una ley del Cosmos que siempre había estado ahí, aguardando a ser descubierta: que nada se crea ni de destruye, sino sólo se transforma.

En ése contexto se sitúa la decisión de cambiar la imagen de este pequeño y anónimo espacio.

Después de tres años en los que la inconstancia, la fruslería y la fatuidad han sido paradójicamente la constante de este blog, he decidido darle un giro en la imagen y en la medida de lo posible -es decir, en la medida en que la inercia de mi innato estilo corrosivo y arrogante me lo permita- un cambio en el contenido.

En adelante, y esto como reacción a la hambruna de diálogos inteligentes, propiciada por el ambiente social en el que ahora me desenvuelvo profesionalmente, trataré de escribir sobre alguno de esos temas que constituyen los universales de la sociedad humana, como solía decir Norbert Elías.

En lo personal la escritura siempre ha sido una forma de terapia emocional, así como un medio de recreación y placer intelectual; escribo no para buscar un público lector, ni para formar una comunidad o red social, como es el caso de muchas personas que deciden comenzar una bitácora virtual. Escribo más bien porque siento la necesidad de plasmar en letras mis pensamientos y opiniones sobre las personas, las ideas y las cosas que me rodean. Escribo porque me gusta ejercitar mi imaginación mediante la creación de escenas, historias y personajes que pueden vivir, experimentar y expresar emociones diversas. Aunque debo confesar que también escribo para provocar, para llevar la contra y señalar los puntos que por comodidad o conveniencia suelen ignorarse generalmente.

Imaginación y provocación son dos buenos alicientes para la reflexión y la crítica que, además, no me molesta; porque al final ha sido el resultado de un proceso de pensamiento, propiciado por el contenido de mis letras.

Así que esos serán los derroteros de la nueva etapa que a partir de ahora inicio en este blog, que por lo demás seguirá siendo de estupideces sin sentido.

Y como no pretendo convertirme en un ídolo de las masas lectoras (en caso de que existan), seguiré dejando mis palabras sueltas en las aguas de la red, para que sean pescadas sólo por aquellos que por franco interés o mórbida curiosidad se vean motivados a leerlas.

Asimismo seguiré siendo un escribidor malagradecido y ajeno a la dinámica de la lectura-comentario recíproca, que es la base de las redes de escribidores-comentadores de los blogs. Con toda honestidad debo de confesar que mi arrogancia me impide leer otras ideas que no sean las mías, y más aun si aquellas son tanto o más pretenciosas como las que suelo verter en el procesador de textos de mi notebook.

En lo venidero también intentaré ser más constante y publicar uno o dos textos por semana en un día específico, que será martes y/o sábado, para evitar la tentación de escribir sobre las vicisitudes mi vida cotidiana, es decir, de lo insufribles que son algunos sujetos con los que tengo que compartir buena parte del día compadeciendo algunas veces sus limitaciones lingüísticas e intelectuales, otras burlándome abiertamente de ellas sin que los sujetos de marras caigan en la cuenta.

Así pues, espero que este cambio de piel sea el augurio de una nueva época de este blog, que habrá de permanecer tanto tiempo como Google lo considere conveniente.

Un saludo para ti, estimado lector, lectora, que gentilmente has prestado atención a este post. Gracias por tu visita.