21 jun. 2007

¿Cinismo? II

Pa’ acabar pronto, el ponente que terminó odiado por ese auditorio fui yo. Todo nada más porque se me ocurrió exhibir la ignorancia conceptual de un tarado que además de colgarme un adjetivo bastante feo (me llamo cínico), quiso enmendarme la plana sugiriendo que la ponencia que me tomó dos días preparar, se podía resumir en la “frase de Maquiavelo” de que “el fin justifica los medios”; y que siendo así, se trataba de un caso de “cinismo y arribismo descarado, tanto por parte de quien propone, como de quien ejecuta esa máxima”.

No es que a mi me guste andar provocando grescas arrabaleras; pero como la alusión fue tan directa, pues no pude menos que defenderme. De manera que sin perder el tono académico y cordial –aunque en mi fuero interno deseaba mandarlo a chin… a su madre- me tomé el tiempo para explicarle que esa expresión no la encontraría textualmente en ningún capítulo de El Príncipe, en caso de que decidiese leerlo; y que más bien y para su sorpresa, la factoría de esa frase era de raigambre jesuita; que si se tomaba el tiempo para corroborar mi afirmación y si tenía algún conocimiento del latín, podría encontrarla en la Medulla theologiae moralis de Hermann Busenbaum, que textual escribió que cuando los fines son lícitos, también los medios son lícitos.

Que, en cambio, lo más parecido que podía encontrarse en El Príncipe al respecto, sería la frase que yo mismo había citado en mi ponencia, acerca de que si el objetivo del príncipe es sostenerse en el poder, es preciso que aprenda a no ser bueno y a usar o no usar ese aprendizaje según la necesidad.

Y que respecto a lo que él llamaba cinismo, otros tantos teóricos y pensadores antes que yo, ya habían optado por llamarlo precisamente realismo político.

En fin, que además de obligarme a usar la rudeza académica innecesaria, en esa “mesa de análisis” también me obligaron al escrúpulo conceptual, porque decir que “el fin justifica los medios” es una frase de Maquiavelo, es como decir que la categoría de partido hegemónico fue acuñada por Sartori, cuando cualquier politólogo serio sabe que esa categoría fue construida por Jerzey Wiatr a principios de los sesenta.

Pero eso no fue todo, pues no sé si por haber sido el ponente más joven de esa mesa quisieron probar mi temple. El punto fue que entre ejemplos y ejemplos acerca del realismo político, terminé sugiriendo que una muestra del mismo sería aceptar la necesidad, por parte del gobierno mexicano, de negociar con aquellos actores no estatales ubicados al margen de la legalidad, como los narcotraficantes, cuya presencia difícilmente podría ser disminuida.

Pues para muestra de la debilidad logística y estructural del Estado en torno al combate frontal a los carteles del narco, está el dato aterrador de que por cada 10 policias, 9 son susceptibles de ser corrompidos, y que de los 32 estados que integran la federación, sólo 2 tienen la capacidad económica y recursos laborales para enfrentar a las células delincuenciales relacionadas con el tráfico de estupefacientes.

De manera que ante ese escenario, y en aras de no exponer al último vestigio de seguridad y defensa con que cuenta el Estado, que es el ejército, lo más viable en una lógica realista, sería que el propio Estado se convirtiese en el árbitro regulador de los mercados y territorios controlados por cada organización, estableciendo reglas claras de operación y el compromiso, por parte de éstas, de no perjudicar el tejido social con la exposición pública de sus conflictos.
Después de todo, el dinero del narcotráfico es dinero que circula en el país, que contribuye a la dinámica de la economía y que alienta el consumo.

Al respecto, habría que considerar que son nada más y nada menos que 13 mil millones de dólares anuales, que junto con los casi 24 mil millones que envían los trabajadores indocumentados y los 9 mil millones que factura el comercio informal, permiten que este país no se quebrante estrepitosamente; pues eso de que México se sostiene del petróleo y el turismo es un cuento que no sirve ni para convencer a una adolescente de tener sexo con el Presidente.

Nada más por sugerir eso me dijeron ¡cínico! Ni aguantan nada. Sin embargo ahí quedó mi propuesta, pues para el gobierno es menos costoso andar pagando pensiones y seguros de marcha por los militares muertos, que aceptar negociar con industriales exitosos de un ramo ilícito, pero altamente rentable; esto, claro, dentro de los espacios más oscuros de la caja negra del sistema político.

Pero ¿cínico yo?

Malthusiano talvez.

2 comentarios:

Abelina dijo...

Sí, el término cínico ha tomado una nueva acepción, oh, muy lejana a la ideología que la sustentó, y es que hoy nadie tiene ideología, solo somos un compendio de aqupi y de allá...(pesimista?)

nah.

saluts!

cuerda dijo...

Talvez digan estar en desaceurdo con lo expuesto, pues realmente tiene una doble moral. Y que me dices del dinero que aceptan por debajo del agua?, o de todos los malos manejos que en determinado momento "no miran"...
En fin, no se si podamos mirar en un futuro un verdadero "buen"cambio, pero lo que si es seguro, que las cosas ya no podran ser iguales para muchos; pues cada vez tomamos mas conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor...
Bien por ti! Saludos.