24 oct. 2007

Un comentario escatológico I

De forma inusual en estos friolentos días citadinos he tenido más trabajo que el de costumbre. Razón por la cual además de tener poco tiempo para jugar solitario en la computadora, también tengo poco tiempo para escribir por acá.

Debo confesar que eso me preocupa un poco, pues si de por sí tengo pocos lectores -pero muy buenos- existe el riesgo de que disminuyan en número debido a la inconstancia de mis posts.
Sin embargo confío en que en los próximos días mi carga laboral sea menor y pueda volver a escribir las sandeces que usualmente suelo publicar en este espacio.

Por lo pronto quisiera agradecer sus comentarios al post de la Contingencia. Ya a ver si después escribo un texto en el que exponga algunos matices, pues yo tampoco me dejo llevar por la casualidad, o por el todavía más incierto "lo que Dios quiera" (porque, ¿y si no quiere?); sino que también soy afin a la planeación de metas y objetivos.

Sin embargo por muy sólido que parezca el eslabón entre causas y efectos, entre planeación y resultados, siempre hay un resquicio de indeterminación por donde la contingencia puede escurrirse y alterar certidumbre de la causalidad.

En fin, por lo pronto me autoreciclaré publicando un texto que ya había puesto en otro lugar y que francamente no recuerdo si ya lo había puesto aquí antes. En caso de que así sea, recordar es volver a vivir, y en caso de que no, pues a ver qué les parece.

Aquí va:

Un comentario escatológico

Hace días fui a una sala de cine ubicada en un centro comercial, de ésos que son demasiado lujosos y por ende todo es glamour, incluido el uniforme del personal de limpieza.

Si no fuera porque me gusta sinceramente el cine de arte -y lo enfatizo porque hay a quienes en realidad no les gusta y hasta les resulta aburrido, pero asisten a ver las películas ya sea para sentirse intelectuales, alternativos o para ligarse a una chica o un tipo con gafas sofisticadas y saco de pana, que le confieren una apariencia culta- mi visita a ese lugar se hubiese sido interpretada como un extravío, resultado de un fuerte golpe en la cabeza (en la mía, por supuesto).

No es que sea un ferviente seguidor de la ideología del pobrismo que alimenta el resentimiento de los sectores sociales menos privilegiados económicamente, contra las clases medias en peligro de extinción, pero tampoco soy muy proclive a deambular por los centros comerciales, debido a que suficiente tengo con mi propia pedantería y fatuidad, como para soportar la de los demás. Especialmente aquella de las chicas y chicos chic que charlan estruendosamente en las mesas de los cafés, ubicadas en los pasillos; o la de las señoras shoppaholicas, que encuentran en las boutiques de ropa y calzado una pequeña satisfacción que suple momentáneamente la ausencia de intensidad sexual en sus alcobas.

El punto es que ahí estaba yo, en ése centro comercial, buscando la zona de los cines donde me esperaba la persona que me había sugerido precisamente la cinta que veríamos esa tarde, “La rosa blanca” (Alemania 2005). No obstante, como la función era por la tarde, consideré conveniente pasar a comer antes; esto con la finalidad de evitar el asalto descarado en la dulcería del cine, al pagar el triple del precio normal de una bolsa de palomitas con mantequilla y un vaso de Coca-Cola.

Empero, no contaba con el hecho de que en el menú de la comida solamente había para beber agua de papaya, fruta que en mi constitución fisiológica tiene la particularidad de que, una vez que ha pasado por mi tráquea y esófago para depositarse en mi estomago, acelera todo el metabolismo digestivo de tal manera, que la etapa final en la que todo proceso de alimentación culmina, sobreviene al cabo de un par de minutos de forma tan intempestiva que es preciso que el baño se encuentre a menos de cincuenta metros de distancia.

Afortunadamente del pequeño restauran donde comí, al centro comercial, la distancia era corta. Así que mientras mi acompañante compraba los boletos de entrada a la función, yo aproveché para ir apresuradamente al baño.

Siendo históricamente los baños los lugares más deplorables de una construcción, debido a que en ellos tienen lugar los momentos más viscerales de la existencia, nunca habían sido objeto de grandes atenciones por parte de la arquitectura; a reserva claro, de aquellos baños propios de hombres megalómanos, como los Reyes o Emperadores, que en la creencia de tener sangre real corriendo por sus venas, concluían igualmente que sus deshechos digestivos debían ser necesariamente reales, y por tanto dignos de ser depositados en objetos y tuberías distintivas de su realeza, como los mingitorios hechos de porcelana china, o los comodos bañados en oro y con detalles de orfebrería fina.

Pero en el mundo de los ordinarios villanos, los baños eran apenas recónditos y apartados lugares, a los que sólo se asistía por necesidad. Y como ésta era momentánea y aparentemente simple, no se consideraba necesario más que un miserable hoyo de diámetro diminuto, o una sencilla fosa flanqueada por dos rocas, los suficientemente grandes pero no tan distanciadas una de la otra, de tal manera que pudieran soportar el peso de las posaderas mientras se depositaban en la fosa los deshechos de una comida pobre en carne, pero rica en leguminosas y olores digestivos.

Con el pasar del tiempo y sobretodo con el aumento de la densidad demográfica, los baños experimentaron también la oleada integradora de la democracia en la arquitectura y la construcción, siendo incluidos en el cuerpo de las casas o departamentos.

Pero este acontecimiento -por cierto, tan poco valorado por la historia moderna de occidente- planteaba una nueva exigencia estética, pues al formar parte integral de la construcción, el baño estaría a la vista de todos. De manera que se hacía imperativo dignificar su apariencia, para pasar del lugar de aspecto lúgubre y sucio que otrora había sido, a un lugar grato y amigable para que el momento de la deyección fuera menos angustiante y dramático.

Así fue como llegamos a la concepción contemporánea de los baños revestidos de azulejos y de accesorios con colores vivos, que sin duda servirían de contraste en el momento en que los agudos esfuerzos por expulsar del intestino grueso los deshechos del proceso digestivo, provocasen la sensación de abandono del mundo y la percepción sombría del entorno, resultante de los breves espasmos y obnubilación de la vista consustánciales a semejante proceso fisiológico.

Sin embargo la jactancia inherente a la naturaleza humana ha llegado hasta tal punto, que incluso esos lugares deplorables, utilizados para desechar los residuos de los procesos orgánicos, han sido objeto de exageraciones estéticas y tecnológicas.

Y sostengo mi afirmación en mi propia experiencia al entrar al baño de ése centro comercial, que debido a su diseño y funcionalidad parecía más bien el mezanine de algún hotel de cinco estrellas.

2 comentarios:

ELISA dijo...

A veces el trabajo es absorbente, pero qué bueno que hiciste un espacio y te acordaste de tus lectores.
Espero leerte pronto.

Luis dijo...

1) No te preocupes...a mi no me cuesta nada pasarme con frecuencia para ver si hay alguna obra nueva en tu rincón cibernético. Es la ventaja de tenerte en favoritos.

2) Tengo que empezar a ir de compras para compensar lo de la falta de la intensidad en la alcoba.

3) Si no me equivoco, la palabra "retrete" viene de una palabra muy parecida en francés que significa "retirado"; puesto que en principio, los aseos, inodoros, excusados, servicios....se encontraban en las partes más recónditas de la casa. Pienso que el invento del tubo sifónico y el flushing es lo que consiguió finalmente que, al limitar el hedor insoportable de nuestras actividades escatológicas (aunque yo no hago esas cosas), los baños pudieran integrarse en los hogares e incluso aparezcan en las revistas de tendencias.
Un saludo compañero!